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Capítulo 28:
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La empujó hacia la cocina.
Dallas la empujó hacia la enorme isla de mármol situada en el centro de la cocina. Le soltó la muñeca y cogió un vaso del escurridor, llenándolo del grifo con movimientos espasmódicos y apenas controlados. Dejó el vaso con fuerza sobre el mármol. El agua se derramó por el borde y se extendió por la encimera. Abrió de un tirón la caja aplastada, sacó la única pastilla de su blíster y la colocó sobre la fría piedra gris que había entre ellos.
—Tómala —dijo, con voz gélida.
Eliza se quedó mirando la pequeña pastilla blanca. Parecía representar todos los miedos que había albergado jamás. —Dallas, por favor —susurró, con las lágrimas punzándole en los ojos—. No seas así.
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«¿Quieres estar a salvo? ¿Quieres que esto sea un contrato?». Se inclinó sobre la encimera, con el rostro cerca del de ella. «Entonces tómala. Demuéstrame que no significo nada para ti. Demuéstrame que formar una familia conmigo te resulta tan repulsivo que necesitas medicación para evitarlo».
Eliza miró la pastilla. Luego lo miró a él. Vio el dolor crudo que se escondía tras su ira. Él quería que esto fuera real. La quería a ella. Pero ella seguía tan destrozada, tan convencida de que no era más que un caso de caridad, que rechazar la pastilla le parecía como admitir que lo deseaba —y eso le aterrorizaba—. Tomarla le parecía como preservar su independencia. Su dignidad.
Su mano, temblando incontrolablemente, se extendió hacia la pastilla. La cogió.
Dallas observó cómo sus dedos la envolvían. La luz de sus ojos no solo se apagó. Se hizo añicos. Se echó hacia atrás físicamente, como si ella le hubiera golpeado.
Eliza se llevó la pastilla a los labios, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y se la tragó con un trago de agua. El gesto fue definitivo. Una línea trazada en la arena.
Dallas observó cómo se le movía la garganta al tragar. No se movió. No habló. Simplemente observó, con el rostro como una máscara de piedra.
—¿Contento? —preguntó Eliza. Una sola lágrima se escapó y rodó por su mejilla.
Él rodeó la isla y la acorraló contra la encimera, atrapándola entre su cuerpo y el frío mármol. —Extasiado —dijo, con voz hueca.
Extendió la mano y le secó la lágrima con el pulgar. El contacto fue desconcertantemente tierno.
—Recuerda este momento, Eliza —susurró—. Dudaste.
Se inclinó hacia ella y le rozó la oreja con los labios. «Porque la próxima vez no habrá pastillas. Ni contratos».
Eliza se estremeció.
«Tenemos toda una vida para jugar a este juego», dijo él.
Entonces capturó sus labios. No fue un beso suave. Fue punitivo y posesivo, un beso que reclamaba su alma como propia. Le mordió el labio inferior, con la fuerza justa para que le escociera, y luego se apartó.
«La cena es a las siete», dijo, enderezándose la corbata y volviendo al modo «director ejecutivo» en un abrir y cerrar de ojos. «No llegues tarde».
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