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Capítulo 1037:
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Jessie sujetó a Gracie para que no se cayera, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas mientras buscaba desesperadamente palabras de consuelo que no le salían.
Brayden acababa de llegar a casa, y ahora Kevin…
¿Cuánto más se les podía pedir que aguantaran?
Situada en el umbral de la habitación del hospital, Gracie se estremeció bajo las deslumbrantes luces blancas del pasillo que le punzaban los ojos, con todo su cuerpo sacudiéndose en temblores irregulares.
Sujetándola con firmeza desde un lado, Jessie la abrazó con más fuerza y le susurró: «¿Por qué no te sientas un momento? Los médicos están haciendo todo lo que pueden. Lo único que podemos hacer ahora mismo es esperar».
Negándose a moverse, Gracie negó enérgicamente con la cabeza, con la mirada clavada obstinadamente en la puerta cerrada.
Por la estrecha rendija de la base se colaba un caos amortiguado: gritos urgentes entremezclados con las alarmas estridentes e implacables de los aparatos médicos.
«¡La presión arterial sigue cayendo en picado!».
«¡Administrad adrenalina por vía intravenosa!».
«¡Preparad el desfibrilador, doscientos julios!».
𝗦𝗂́𝗴𝘶en𝘰𝘀 𝗲ո 𝗇𝗼𝗏e𝗅a𝘀𝟰𝖿an.𝘤𝗈𝗆
Un golpe sordo y discordante resonó a través de la puerta, lo suficientemente fuerte como para que a Gracie se le cortara la respiración.
«No hay respuesta. ¡Subid a trescientos!».
Resonó un segundo impacto, más fuerte y más desesperado que el anterior.
Tras eso, el pasillo quedó sumido en un silencio asfixiante.
El aire apenas circulaba por los pulmones de Gracie; se aferraba con tanta fuerza al marco de la puerta que la madera emitió un leve crujido de protesta.
«¡Ha vuelto el latido cardíaco!»
«La presión arterial está subiendo. ¡Rápido, llevadlo al quirófano!»
Desde el interior, la puerta se abrió de par en par y un grupo de enfermeras salió a toda prisa, guiando la camilla de Kevin a un ritmo frenético.
Al ver su rostro ceniciento, medio oculto bajo una máscara de oxígeno empañada, con el pecho aún salpicado de electrodos de desfibrilador, sintió como si un peso agudo se abatiera sobre ella. Inestable sobre sus pies, se tambaleó hacia delante, con la mirada clavada en él, como si perderlo de vista significara perderlo por completo. «¡Kevin!».
Antes de que pudiera alcanzarlo, una enfermera se interpuso, con el brazo extendido para bloquearle el paso. «Por favor, manténgase atrás; los familiares deben esperar aquí. ¡Lo van a llevar directamente al quirófano!».
Retenida en su sitio, Gracie solo pudo ver cómo la camilla desaparecía por el pasillo, llevando a Kevin cada vez más lejos.
A su lado, Jessie la ayudó a sentarse en el banco, sujetando su cuerpo tembloroso.
«Va a salir adelante», murmuró Jessie, apretando la mano de su amiga mientras su propia voz temblaba a pesar de las palabras de ánimo. «Siempre ha tenido suerte, no es de los que se rinden así».
Desde el otro extremo del pasillo resonaron unos pasos apresurados, agudos y urgentes contra el suelo.
Al levantar la cabeza de golpe, Gracie vio a Brayden corriendo a toda velocidad hacia ellas.
«¿Qué le ha pasado al abuelo?», preguntó con voz ronca, agachándose a su lado mientras sus dedos se cerraban sobre los de ella.
La voz de Gracie sonó débil e inestable al cruzar la mirada con él. «Los médicos dicen que está en estado crítico. Han conseguido reanimarlo. Ya lo han llevado al quirófano…»
Instintivamente, apretó su mano con más fuerza, cálida y firme alrededor de la mano temblorosa de ella. «Oye, no te preocupes. Ahora estoy aquí».
El tiempo se hacía eterno, cada minuto que pasaba se alargaba de forma insoportable mientras la luz roja sobre la puerta del quirófano permanecía encendida sin interrupción.
Pasó una hora, luego otra, y después una tercera, cada una más pesada que la anterior.
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