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Capítulo 1002:
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¿Cómo se enteró Amya? Ahora estaba claro: engañarla sería un desafío.
Amya no esperó su respuesta.
«Ya que decidiste abandonarme, a partir de este momento, ni se te ocurra volver a buscarme».
Su tono frío golpeó como una cuchilla afilada, y el temperamento de Troy estalló en un instante, cambiando las tornas.
«¿Te lavó el cerebro tu jefe? ¡Somos tus padres, los que te dieron a luz! ¡Nos lo debes! Incluso si te vendimos o te entregamos, es nuestro derecho, y solo tienes que obedecer».
Mindy suspiró profundamente, su voz cargada de falsas emociones, tratando de hundir el cuchillo con palabras.
«Amya, eres nuestra hija. No tuvimos elección. ¿No recuerdas cuando eras pequeña y tenías esa fiebre? Me quedé despierta toda la noche para cuidarte…».
Amya cerró los ojos, sintiendo el ardor de las lágrimas que se deslizaban por su rostro.
Por supuesto que no lo había olvidado.
Eran los raros momentos de calidez de sus padres los que una vez le habían dado esperanza, habían despertado expectativas.
Sin embargo, esos momentos solo habían profundizado el abismo de la decepción. Durante más de veinte años, cada destello de amor había sido seguido por una sombra de traición.
Pero ahora, Amya ya no podía vivir en la ilusión.
«Papá, mamá. Esta es la última vez que os llamo así. A partir de ahora, somos extraños».
Apretó el teléfono con más fuerza, sus dedos se pusieron blancos de tensión.
«No pagaré más vuestras deudas. Y ni se os ocurra obligarme a daros dinero. Como adultos, deberíais aprender a asumir la responsabilidad de vuestros propios actos», añadió, con palabras cargadas de determinación.
Al oír que su gallina de los huevos de oro estaba a punto de salir corriendo, Troy y Mindy se quedaron estupefactos, y el pánico se apoderó de sus voces.
«¿Te atreves? Si no cumples con tu obligación con nosotros, ¡iré a tu empresa y montaré un escándalo!», amenazó Troy, alzando la voz con furia. «¿Tu jefa? Es tan joven y tan rica. ¡Quién sabe cómo consiguió su dinero! No me importaría pedirle que me diera algo de dinero en tu nombre».
Mindy le dio un codazo, un sutil recordatorio para que controlara su ira.
Con una tos, Mindy suavizó su tono, un movimiento calculado para salvar algo de los escombros.
«Amya, si quieres cortar los lazos, bien. Pero si nos das cuatrocientos mil, cortaremos toda conexión y nunca te pediremos ni un centavo más».
Otros cuatrocientos mil…
Este número era como una etiqueta de precio en su vida.
Uno la había vendido por cuatrocientos mil, mientras que otro lo había utilizado para darle una segunda oportunidad en la vida.
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