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Capítulo 784:
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Ya no conforme con limitarse a esquivar, Leonino contraatacó con su propia ráfaga de puñetazos y patadas rápidas.
«¿Eso es todo lo que tienes? ¿De verdad crees que estás a mi altura? Si no me contuviera, estarías acabado», dijo Dorian, con un destello de burla en los ojos mientras un fino hilo de sangre le resbalaba por la frente.
—¿Me estás amenazando con matarme? —se burló Leonino—. Me gano la vida curando a la gente, ¿te acuerdas? No me asusto fácilmente. ¿Qué te pasa? Tú eres quien dejó marchar a Valeria, y sin embargo actúas como si ella te hubiera roto el corazón.
Por un instante, Dorian se quedó paralizado. La sangre le resbaló hasta los labios como un filo afilado. Se sucedieron una serie de puñetazos descontrolados, el último dirigido al estómago de Leonino. «¡No pronuncies su nombre! ¡No te mereces ni siquiera mencionar a Valeria!».
Se dio cuenta de que Dorian no estaba jugando. Leonino actuó con mayor cautela. Quedó claro que Dorian había perdido la razón. Lo único que quería era hacerle sangrar.
Una esquiva desesperada salvó a Leonino de un golpe brutal. En medio del caos, le vinieron a la mente pensamientos sobre Monique. Tras la visita al hospital, ella había viajado en silencio a su lado, con aquella carta sellada apretada con fuerza entre las manos, sin leer y sin abrir. Durante todo el trayecto, él esperó, con la esperanza de que ella rompiera por fin el silencio.
«¿Ni siquiera sientes curiosidad por saber qué hay dentro?», le había preguntado, rompiendo torpemente el silencio. Su respuesta se limitó a cómo se le palidecieron los nudillos; simplemente negó con la cabeza.
En medio de los puñetazos y el caos, el recuerdo de ella suavizó el rostro de Leonino y, antes de que se diera cuenta, se le escapó una pequeña sonrisa.
Para Dorian, esa leve sonrisa no era más que una burla.
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«¡Leonino, mentiroso arrogante y traicionero! ¡Serpiente manipuladora! ¡Cobarde!». La voz de Dorian se quebró mientras se abalanzaba hacia delante, lanzando un puñetazo descontrolado a la cara de Leonino.
Un ágil juego de pies permitió a Leonino esquivar el golpe. Miró fijamente a Dorian a los ojos, imperturbable como siempre. «Dorian, ya basta. Si sigues adelante con esto, alejarás a Valeria para siempre».
Esas palabras le golpearon más fuerte que cualquier puñetazo.
La cordura se le escapó de las manos a Dorian. Su mente comenzó a distorsionar la realidad en vívidas ilusiones que en realidad no existían. Solo estaba Leonino en el ring con él, pero, a sus ojos, una mujer entró corriendo y se agachó para comprobar si Leonino tenía moratones en la mejilla. Ella se volvió hacia él, con los ojos vacíos de desesperación y helados por algo que parecía demasiado definitivo.
Era Valeria.
—¡Ah! —gritó Dorian, con la voz desatándose como una tormenta que estallaba en su interior.
Ese grito repentino sobresaltó a la mujer que acababa de entrar en el gimnasio. Solo que no era Valeria, sino Helena. Recién salida de terminar su proyecto, Helena llegó al gimnasio de boxeo acompañada de Monique.
La curiosidad se había apoderado de Monique durante el trayecto, y le preguntó por qué Alden y Leonino habían elegido precisamente un gimnasio de boxeo. Esa única pregunta hizo que una señal de alarma recorriera la mente de Helena. Le había pedido a Monique que aparcara el coche para poder entrar corriendo y evaluar la situación por sí misma.
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