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Capítulo 782:
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Las puertas seguían abiertas, pero el bar estaba desierto. Alguien con mucho dinero había reservado todo el local para esa noche. Al entrar, Alden vio a Dorian, que ya se había bebido media botella y estaba sentado solo.
Una sutil mueca se dibujó en el rostro de Alden mientras se mantenía a distancia. «¿Desde cuándo eres de los que ahogan sus penas en whisky?».
Apenas le salió la broma de los labios cuando el arrepentimiento se apoderó de él: recordó la pesada carga que llevaba Dorian. Todo el mundo en la ciudad sabía que el Grupo Morrison pendía de un hilo, tan desesperado que había llegado a concertar un matrimonio solo para mantener viva la empresa. La mujer a la que Dorian adoraba había decidido marcharse. Sacarlo de ese pozo de miseria sería una tarea titánica.
Apenas se habían asentado esos pensamientos cuando un arrastrar de pasos resonó a espaldas de Alden. Se giró y vio a Leonino haciendo su entrada.
Una sonrisa relajada se dibujó en los labios de Leonino mientras tomaba asiento junto a Alden, ajeno a la tensión, y se servía una copa con naturalidad.
De repente, el dolor le atravesó la mejilla. El vaso se le resbaló de las manos y se hizo añicos contra el suelo pulido.
Ese sonido agudo sobresaltó a todos.
La actitud despreocupada de Alden se desvaneció en un instante. Fijó su atención en Dorian, tratando de entender el repentino ataque.
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—¿Te has vuelto loco? —gritó Leonino, agarrándose la mejilla, que le ardía, y lanzando a Dorian una mirada recelosa. Con prudencia, se apartó poco a poco, sin estar dispuesto a recibir otro golpe.
—Deja de hacer teatro, Leonino —replicó Dorian, con palabras tan duras como la grava—. ¡La única razón por la que he venido era para pegarte!
Durante toda la semana, los pensamientos de Leonino habían estado enredados con Monique. Sin tener ni idea del motivo de la ira de Dorian, estaba a punto de pedir una explicación cuando otro puñetazo voló hacia él, dejándole sin más remedio que agacharse.
«¿Por qué sigues esquivando? ¿Es eso lo único que sabes hacer? ¿Cómo esperas proteger a tu mujer así? ¿Te vas a quedar ahí parado mirando mientras la hieren?», gritó Dorian, con una voz tan cortante que parecía capaz de hacer sangrar.
La paciencia había llevado a Leonino hasta allí, pero ahora incluso él no pudo evitar reírse ante lo absurdo de la situación. «No puedes hablar en serio, Dorian. ¿Quién es el verdadero fracasado a la hora de proteger a la persona que le importa? Seamos sinceros: soy mucho más fiable de lo que tú jamás serás a la hora de proteger a una mujer».
Monique se le quedó grabada en la mente mientras hablaba: esos ojos suyos, tan fuertes y a la vez tan delicados. Ella podía iluminar todo su mundo con una sola sonrisa, e incluso sus ceños fruncidos lo dejaban embelesado. Si había una verdad a la que Leonino se aferraba, era que quería cada mañana con ella a su lado.
Absorto en ese pensamiento, no vio el siguiente movimiento de Dorian: un puñetazo lanzado con fuerza, esta vez dirigido directamente a su nariz.
Alden reaccionó por puro instinto, bloqueando el puño de Dorian con un movimiento rápido y entrenado. Con el móvil aún en la otra mano, Alden apenas levantó la vista, con la atención fija en un mensaje de Helena. Las noticias de Helena no eran lo que él esperaba: se había quedado atrapada haciendo horas extras en un encargo nocturno.
«Haciendo horas extras con Monique», leyó Alden en voz alta, lanzándole a Leonino una mirada cómplice.
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