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Capítulo 676:
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Tenían un vínculo tácito, siempre en la misma onda.
Alden comprendió la situación de inmediato.
Su esposa estaba junto a su madre, ayudándola a afrontar sus batallas internas.
Pero ver a Delaney en ese estado lo destrozó por dentro.
Había mirado a la muerte a los ojos y luchado en feroces batallas corporativas.
Sin embargo, ahora se sentía completamente impotente.
Por fin, los ojos de Delaney se posaron en él.
Vio a su querido hijo, paralizado en el sitio, sin hacer nada mientras ella se desmoronaba. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—¡Fuera! ¡Los dos! —gritó, empujando a Helena y Alden a un lado.
Estos perdieron el equilibrio y dieron un paso atrás.
Con un fuerte portazo, Delaney cerró la puerta.
—Mamá… —El rostro de Alden se ensombreció y sus ojos se llenaron de dolor.
Helena lo abrazó por detrás. «Todo este tiempo, ella no ha sido capaz de valerse por sí misma… porque tú siempre has sido su apoyo. Si la consolamos ahora, todo este dolor que está sintiendo habrá sido en vano».
Alden entendió sus intenciones.
La única salida ahora era dejar que Delaney se quedara sola con sus pensamientos. Esa era la clave para su curación.
Alden asintió lentamente, luego se dio la vuelta y se detuvo en seco. «¿Qué te pasa en la cara?».
«¿En la cara?». Helena se llevó la mano a la barbilla, que le escocía ligeramente. Supuso que se había arañado cuando la empujaron por la puerta.
Pero comparado con lo que había pasado Delaney, eso no era nada.
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Esbozó una sonrisa pícara y dijo: «Considéralo una medalla de honor».
Alden frunció el ceño. —¿Cómo puedes seguir sonriendo en un momento como este?
Helena negó ligeramente con la cabeza, y su suave cabello rozó la barbilla de Alden.
Bajó la mirada y susurró en voz baja: —La gente luchó con uñas y dientes por el trabajo de tu madre. Ahora, eso ha dejado su huella en mi cara, ¿cómo no voy a sonreír? Es una verdadera medalla de honor.
Las cejas de Alden, tensas durante un rato, finalmente se suavizaron.
Golpeó ligeramente la puerta. —Mamá, si no quieres vernos… Helena y yo volveremos a nuestra habitación.
Era una decisión audaz y requería mucho valor.
Pero las palabras de Helena le dieron determinación.
Solo dejando ir por completo podría ayudar a Delaney a encontrar el camino de vuelta a la gloria. Mientras se daban la vuelta y caminaban por el corto pasillo hacia el dormitorio principal, sus hombros se rozaron y luego se mantuvieron cerca. Su paso era lento, sin prisas, como si ninguno de los dos quisiera llegar al final demasiado pronto.
Antes incluso de llegar a la puerta, sus dedos se encontraron y se entrelazaron.
««Cariño», murmuró Helena, con una voz apenas audible, «tu madre brillaba como un diamante cuando era joven. Pero la vida la ha deslustrado durante demasiado tiempo. Solo espero que la segunda mitad de su vida brille más que la primera».
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