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Capítulo 636:
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Dejaría que Alden viniera arrastrándose, desesperado por conseguir fondos. Entonces Alden no tendría más remedio que entregar las tierras por su propia voluntad.
Una rara sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios al pensar en ello.
Y así comenzó el plan.
Unos días más tarde, Dorian llegó a casa y recibió una bienvenida inusualmente cálida. La brillante sonrisa y el tono alegre de Betty inmediatamente hicieron saltar las alarmas en su cabeza.
Antes de que pudiera escapar, ella lo agarró del brazo y lo arrastró al salón.
Allí, sentada con elegancia en el sofá con un vestido ornamentado, estaba una mujer que Dorian reconoció al instante: Ella Reed, la heredera de la que Betty había hablado con tanto entusiasmo.
—Mamá, ¿qué estás…? —comenzó Dorian, frunciendo el ceño.
Pero Betty lo interrumpió con un gesto casi teatral. —Dorian, ¡esta es Ella! El orgullo y la alegría de la familia Reed.
Intentó de nuevo, pero Betty ya lo estaba presentando con entusiasmo. —Ella, este es mi hijo, Dorian. Cuando vio tu foto, ¡no paraba de hablar de ti! Me rogó que te invitara. Ahora que por fin has venido, ¡deberíais conoceros!
Ella esbozó una sonrisa cortés, sin sentirse halagada ni ofendida.
Dorian sintió que le empezaba a doler la cabeza, pero antes de que pudiera pensar en retirarse, Betty lo apartó y le susurró: «Dorian, ¡la familia Morrison está al borde de la ruina! Si no te casas con Ella, estamos acabados. ¿Lo entiendes? ¡Acabados!».
Él la miró atónito. «Creía que las cosas estaban mejorando».
Betty no respondió. En su lugar, le entregó un informe financiero impecable. Con solo echar un vistazo, Dorian sintió que se le helaba la sangre. Las cifras de la empresa eran peores de lo que había imaginado. No se trataba de un bache, sino de una caída en picado.
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Abrió la boca para preguntar qué había hecho Yousef esta vez, pero Betty ya se había dado la vuelta y le empujó suavemente hacia Ella.
—Dejaré que charlen mientras preparo algo para tomar —dijo con dulzura, y desapareció en la cocina.
Su última mirada fue un recordatorio tajante: no la cagues.
Dorian se quedó rígido, con el peso del legado y el amor tirando de él en direcciones opuestas. Las imágenes de su imperio familiar en ruinas se difuminaban con los recuerdos de Valeria: firme, amable, irremplazable.
Estaba dividido. ¿Qué podía decir?
Afortunadamente, Ella rompió el incómodo silencio.
—Señor Morrison —dijo en voz baja—, está claro que no está precisamente encantado de estar aquí. Ya somos dos.
Él parpadeó sorprendido. Ella continuó con naturalidad: —A mí tampoco me interesa un matrimonio concertado. Pero nuestras familias tienen sus planes y ninguno de los dos tenemos mucha elección, ¿verdad?
«¿Qué le parece esto? Fingimos el compromiso. Actuamos en público, mantenemos contentos a nuestros padres y vivimos nuestras propias vidas en privado. Sin líos, sin dramas. Solo conveniencia mutua. ¿Le parece justo?».
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