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Capítulo 481:
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«Sí. Claro. Venga conmigo», murmuró Donn, saliendo por fin de su trance.
Se dio la vuelta y se puso en marcha, tratando de recuperar lo que le quedaba de dignidad profesional.
Dentro de la oficina, la conversación volvió a terreno familiar. Se centraron en el documento que tenían delante y, poco a poco, Donn volvió a controlarse.
Pero, una vez que sus pensamientos se aclararon, una nueva inquietud se apoderó de él. El hecho de haber reaccionado ante la aparición de Helena le revolvió el estómago.
Para sacudirse la inquietud, recurrió al arma más afilada que tenía: su voz. —Señora Ellis, esto es una cadena de noticias, no una pasarela de moda. ¿Qué pretende exactamente con ese atuendo? Recuerde que es una mujer casada. Intente comportarse como tal.
Helena ladeó ligeramente la cabeza y arqueó una ceja. «Estar casada una vez no significa que vaya a seguir así para siempre», dijo con un tono en el que se percibía algo indescifrable. «¿Y si mi marido ya no está?».
«¿Cómo dice?». Donn frunció el ceño, confundido.
Donn frunció el ceño mientras intentaba entender lo que quería decir. Sin dar más explicaciones, Helena se echó el pelo hacia un hombro, dio media vuelta y salió de la oficina sin decir nada más.
Atravesó el pasillo y volvió a entrar en la animada oficina principal, sintiendo cómo el peso de las miradas invisibles se aliviaba poco a poco con cada paso.
Su comentario sobre su marido no iba dirigido a Donn. Estaba dirigido a un público completamente diferente, uno que acechaba entre bastidores.
Entre el espectáculo de ayer y la revelación deliberada de hoy, Helena estaba segura de que las personas que la observaban estaban a punto de hacer su movimiento.
Su instinto no la falló. Justo cuando salía de la cadena de televisión al terminar su turno, un reluciente Maybach se detuvo frente a ella como un reloj.
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Sin demora, la ventanilla se bajó suavemente, dejando al descubierto a un chófer sereno que le hizo un gesto respetuoso con la cabeza. —Señora Ellis, mi jefe desea hablar con usted. ¿Sería tan amable de acompañarme?
—¿Su jefe? ¿Y quién es exactamente? —Helena fingió ser una ciudadana despistada, aunque ya tenía una idea bastante clara. Tal y como sospechaba, una sonrisa cortés se dibujó en los labios del hombre mientras respondía: —Se llama Zayden Hughes.
En cuanto Helena oyó el nombre de Zayden, apretó ligeramente la mandíbula y cerró los dientes con silencioso desprecio.
Pero ante Michael, el secretario de Zayden, se hizo la tonta con talento teatral, abriendo mucho los ojos y parpadeando como una muñeca despistada. —¿Zayden Hughes? Nunca he oído hablar de él —dijo con aire despreocupado.
Resopló, puso los ojos en blanco y se dio media vuelta como si la conversación la aburriera mortalmente.
—Señorita Ellis —la llamó Michael, saliendo del elegante coche con una firmeza cortés. —Por favor, haga a nuestro jefe el favor de recibirlo.
Dos guardaespaldas flanquearon a Helena sin decir palabra. Antes de que pudiera retroceder, ya la estaban guiando hacia el coche.
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