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Capítulo 476:
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La expresión de Liliana se desmoronó. «Esto… esto no puede ser».
El color se le escapó del rostro al comprender la realidad: sus mejillas se sonrojaron y luego se pusieron pálidas como la de un fantasma.
Frente a ella, los dos asistentes se quedaron paralizados por el horror compartido, y la confianza que habían mostrado antes se convirtió en pánico.
El repentino giro de los acontecimientos dejó a Helena paralizada durante un instante.
Pero, con la misma rapidez, sus pensamientos se desviaron hacia Alden. Sinceramente, ese hombre…
Suspiró para sus adentros. Aún aturdida, captó la mirada respetuosa del gerente de la tienda. A regañadientes, tomó el bolígrafo que le ofrecía y se dispuso a firmar.
—¡Espere!
La oleada de esperanza a la que Liliana se había aferrado antes se había extinguido hacía tiempo. Ya había terminado de actuar con educación.
Después de burlarse una vez de Helena, ahora dejaba caer por completo la fachada.
Agarró a Helena por la muñeca en pleno movimiento, apretó los dientes y le espetó: —¿Quién te ha comprado esta tienda?
—Helena levantó lentamente la cabeza, con los ojos brillantes como el hielo.
—¿Y eso qué le importa a usted, señorita Harrison? —Dejó que el nombre cayera deliberadamente como un fragmento de hielo, cortando con sutil veneno, y dio en el blanco.
Liliana entrecerró los ojos y la furia se filtró a través de su pulida apariencia. —Alden está muerto. ¿Robaste a Star Wish Investments para comprar este lugar? ¿Malversación? ¿Es eso?
Al ver la postura acusatoria de Liliana, el gerente de la tienda, que aún se sentía culpable por lo ocurrido anteriormente, entró en acción para enmendarlo.
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Corrió hacia el ordenador y abrió el registro de compras de la tienda. El pago procedía de una cuenta en el extranjero.
Giró la pantalla hacia Liliana. —Señorita Harrison, debo pedirle que deje de hacer acusaciones infundadas contra nuestro jefe.
Liliana miró fijamente las cifras, parpadeando con fuerza. Su rostro se tornó tormentoso, confundido e incrédulo. —Esto… esto no puede ser…
Helena, harta del drama, firmó el contrato con un gesto grandilocuente, dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio y se dio la vuelta para marcharse. Pero el gerente de la tienda la detuvo de nuevo. —¡Señora Ellis, espere, por favor!
—¿Ahora qué?
—Oh, solo un pequeño detalle. El contrato estipula que los dos dependientes que la trataron de forma grosera deben disculparse con usted en persona.
Miró significativamente a los dependientes que no hacía mucho habían estado adulando a Liliana.
Ambos se quedaron rígidos, pálidos y vacilantes.
Lanzaron miradas inseguras a Liliana, suplicando ayuda en silencio. Pero Liliana, aún conmocionada por la humillación, los ignoró con frialdad. No iba a llegar ninguna ayuda.
Acorralados, los dos dependientes dieron un paso adelante, inclinaron la cabeza y murmuraron unas disculpas. Sus voces eran dóciles, llenas de arrepentimiento.
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