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Capítulo 355:
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Queriendo ganar tiempo todo lo que pudiera, Alden respondió con cuidado: «Es solo que no quiero perder a mi esposa».
«¡Estás mintiendo!», espetó Eleanino, sin dar tregua. «¡Ibas a abandonarla desde el principio!».
«Pero cuando descubrí que era Nyno, todo cambió». Sin embargo, eso no era cierto.
Alden ya se había enamorado profundamente de Helena mucho antes de saber que era Nyno.
En ese momento, la idea de traicionar a Nyno era demasiado para él, así que levantó barreras emocionales, la mantuvo a distancia y la trató con dureza, haciendo todo lo posible por sofocar los sentimientos que lo atraían hacia ella.
«Entonces, ¿por qué no le dijiste la verdad cuando descubriste que era Nyno?», intentó manipular Eleanino con voz firme. «Alden, deja de evitar lo que hay en tu corazón. Nunca la amaste, no de verdad. Te quedaste con ella porque pensabas que le debías algo a Nyno. Pero después de la pérdida de memoria, finalmente viste lo que era: no había nada real entre Helena y tú. Incluso cuando descubriste que era Nyno, seguiste intentando utilizar esa amnesia para deshacerte del matrimonio construido sobre la culpa».
Miró a Alden con ojos tiernos, ojos que le suplicaban que la entendiera.
Bajó la voz y dijo con suavidad: «Alden, tienes que dejar de ocultar lo que sientes. Ya has arreglado las cosas con Nyno. Has pagado lo que debías. A partir de ahora, no le debes nada. Ahora eres libre. Déjate vivir».
Alden no se inmutó. Se limitó a mirar al frente.
Su silencio prolongó el momento más de lo necesario.
Mientras tanto, Helena estaba sentada al otro lado de la llamada, completamente ajena al plan que se estaba gestando entre él y Darío. Pero el silencio en la línea le oprimía el pecho.
Su corazón latía con fuerza por el miedo. ¿Por qué Alden no decía nada? ¿Podría tener razón Eleanino?
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—Alden —dijo Eleanino—, mírame y dime.
Por fin, abrió la boca. —Xavier me entregó el expediente de Helena hace mucho tiempo. Pero no lo abrí. No hasta la noche antes del banquete, cuando por fin reuní el valor. Después del banquete, fui a verla. Pero…».
Eleanino se inclinó hacia él. «Pero, ¿qué?».
Helena apretó los puños. Contuvo la respiración mientras esperaba.
«Pero la vi con Darío», dijo Alden. Una sonrisa torcida y amarga se dibujó en sus labios. Bajó la voz, enronzada por algo que no decía. «Parecían muy unidos. Ella sonreía de una forma que nunca había visto cuando estaba conmigo. Pensé que tal vez… era hora de dejar de aferrarme y dejarla ir».
Nunca le gustó dar explicaciones. Especialmente a alguien ajeno a su círculo. En ese momento, toda esa charla no era más que una forma de ganar tiempo. Helena no se dio cuenta.
Sus palabras la pillaron completamente desprevenida. De repente, recordó el momento en que Darío le tomó la mano y le dijo lo que sentía por ella. Ese extraño calor en la espalda que sintió entonces… ahora tenía sentido.
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