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Capítulo 349:
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—Sin duda —respondió Helena, avivando deliberadamente las llamas de la ira de Eleanino.
Como era de esperar, la sonrisa de Eleanino se torció en algo aún más despectivo. —Vaya, ¿no rebosas confianza?
—Y tú te ahogas en la inseguridad —replicó Helena sin perder el ritmo.
«Si no, ¿por qué dudarías en apostar conmigo?».
Solo unos instantes antes, le había propuesto una apuesta a Eleanino.
Si Alden la amaba de verdad, Eleanino le concedería la libertad. Pero si sus sentimientos solo provenían de la culpa, su vida sería de Eleanino.
«¿Crees que me falta valor?», preguntó Eleanino echando la cabeza hacia atrás con una risa.
«Tu vida ya está en mis manos. No necesito entretenerme con tu absurda propuesta. Pero, ya que estás tan ansioso por marchar hacia tu muerte con dignidad intacta, ¡muy bien, acepto tu apuesta!».
Tras su declaración, la victoria ya brillaba en sus ojos. Entrecerró los ojos con absoluto desdén. «Cuando llegue el momento, recuerda: debes afrontar las consecuencias de tu apuesta. No te quitaré la vida; tú la entregarás voluntariamente».
Helena asintió sin dudarlo. «Entonces, está decidido».
En el apartamento de Alden, Xavier lo observaba con creciente ansiedad, concentrado en los oídos de Alden mientras hablaba por teléfono con Eleanino.
De repente, a Xavier se le ocurrió una idea que lo llevó a tomar su teléfono y llamar a Leonino de inmediato.
Al enterarse de la situación, Leonino acudió sin demora. En el instante en que Alden bajó el teléfono, Leonino llegó y llamó con fuerza a la puerta del apartamento.
Un dolor punzante atravesó los oídos de Alden, casi haciéndole caer de rodillas. Su alto cuerpo se tambaleó, pero Leonino se abalanzó hacia él y lo agarró firmemente por el brazo antes de que se derrumbara.
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Como especialista en medicina auditiva, Leonino comprendía el dolor insoportable que estaba sufriendo Alden.
Para los pacientes con su afección, incluso el sonido más leve podía desencadenar un dolor tan intenso que llevaba a personas normales al borde de la locura.
A lo largo de su carrera, Leonino había sido testigo de pacientes que gritaban de dolor, se golpeaban la cabeza contra las paredes e incluso se arañaban desesperadamente las orejas. Sin embargo, Alden, más allá de su tez cenicienta y sus labios exangües, no mostraba ningún signo externo de su sufrimiento.
Leonino no pudo evitar admirar su extraordinaria fuerza de voluntad, aunque su admiración pronto dio paso a la frustración por la imprudencia de Alden. Sin decir una palabra, le quitó el audífono.
—¡Devuélvemelo! —Alden se abalanzó hacia él, intentando recuperar el dispositivo.
—¡Entiendo tu urgencia por salvar a Helena! —Leonino lo detuvo con un rápido gesto en lenguaje de signos—. ¡Pero en tu estado actual, te derrumbarás de dolor antes de llegar hasta ella!
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