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Capítulo 342:
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El esplendor de la primavera se desplegaba ante ellos con una gloria impresionante.
Alden observaba desde lejos, con el corazón encogido ante la hermosa escena. De repente, recordó todo lo que había leído sobre el sufrimiento de Helena en ese expediente.
Había sido blanco de criminales, víctima de la venganza de Chadwick contra el propio Alden.
Más tarde, tras su matrimonio secreto, había soportado repetidamente las crueles manipulaciones de su familia.
Y ahora…
Eleanino atormentaba a Helena sin piedad.
Incluso Alden, atrapado en la niebla de su amnesia, la había herido con su frialdad una y otra vez.
Si aún quedaba algo de amor en el corazón de ella por él, movería montañas para compensarla.
Pero, ¿y si sus sentimientos habían cambiado?
Alden se quedó paralizado, apretando y aflojando los puños con un ritmo agonizante. Apretó los dientes, luchando contra el impulso primario de lanzarse hacia Dario y golpearlo, pero finalmente soltó un profundo suspiro y se dio la vuelta, con los hombros caídos por una profunda soledad.
—Señor Wilson… —El corazón de Xavier se ablandó momentáneamente al ver la desolación de Alden.
Ser testigo de cómo un hombre tan formidable se veía reducido a la derrota despertó algo en Xavier.
Anhelaba ofrecerle consuelo, pero los largos pasos de Alden ya lo habían llevado fuera de su alcance, dejando solo la silueta oscura de su abrigo contra el horizonte.
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—Dario, yo…
Helena volvió a la realidad y retiró la mano apresuradamente.
Antes de que pudiera terminar, Dario la interrumpió: —No te apresures a rechazarme. Al menos finge que lo consideras durante unos días y dale a un hombre un poco de esperanza.
Su tono hizo que Helena sintiera que lo había herido. Ella esbozó una sonrisa forzada y torpe.
El rostro de Dario se iluminó con su característica sonrisa. —Helena, que alguien tan devastadoramente guapo como yo te declare sus sentimientos, lo aceptes o no, debería halagarte. Anímate. Esa cara triste no te queda bien». Su tono bromista volvió y Helena exhaló aliviada.
Algunos mensajes no necesitaban palabras explícitas, y el rechazo era uno de ellos. Sin más discusión, dieron un breve paseo antes de marcharse en silencio hacia sus respectivos vehículos.
Helena llegó al aparcamiento y apenas había abierto la puerta de su coche cuando una fuerza poderosa la empujó dentro.
Su intento de gritar se ahogó contra una gran mano que le tapó la boca con firmeza.
Un olor químico nauseabundamente dulce invadió sus fosas nasales antes de que la oscuridad se tragara su conciencia.
El tiempo dejó de existir hasta que sus pesados párpados finalmente se abrieron. La oscuridad la envolvía, su cuerpo estaba tan atado que le resultaba imposible moverse.
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