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Capítulo 548:
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Mientras lo acostaban, Alisha, con los ojos muy abiertos al darse cuenta, exclamó de repente: «Espera, ¿eres… médico?».
Pero Ashton no respondió. Sacó de un bolsillo de su abrigo un elegante estuche con agujas de plata y, con dedos precisos y decididos, comenzó a administrar acupuntura al convulso Luther.
Luther había tomado el veneno voluntariamente, pero, a diferencia del estado de Milena en aquel entonces, la toxina aún no se había extendido mucho, debido al poco tiempo transcurrido.
Además, Ashton, con su experiencia en el tratamiento de este veneno específico, estabilizó rápidamente a Luther mediante acupuntura de emergencia. Esto detuvo las convulsiones y la espuma de Luther, que pronto expulsó el pastel envenenado que había comido.
Desintoxicar este veneno era considerablemente más complejo que con las toxinas típicas. Afortunadamente, Luther era el único que había comido el pastel. Si todos los invitados lo hubieran ingerido, Ashton no habría podido salvar a todos por sí solo.
Ashton suspiró aliviado, sin saber si sentirse agradecido o frustrado.
Pensando en el comportamiento imprudente de Luther, Ashton no fue muy delicado a la hora de despertarlo.
Tras una serie de fuertes bofetadas, Luther se despertó con un dolor punzante en la cara y gritó.
Entonces vio a Ashton con una aguja de plata en la mano, como si fuera a golpearlo. Luther gritó asustado: «¡Ashton! ¿Qué demonios estás haciendo? ¿Estás intentando asesinarme delante de todos?».
A mitad de la frase, Luther sintió un dolor repentino en el brazo y la pierna.
Al mirar hacia abajo, se dio cuenta de que ya tenía varias agujas de plata clavadas. Asustado, Luther intentó quitárselas.
Ashton lo observaba impasible y se burló: «Cállate, idiota. Si quieres vivir, déjame clavarte esta última aguja».
Dudando de las intenciones de Ashton, Luther replicó: «¿A quién llamas idiota?
¡Solo estás celoso porque te hago sombra y ahora intentas quitarme la vida!».
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Alisha, que había estado observando en silencio desde un lado para no molestar a Ashton, finalmente llegó a su límite.
Ella replicó: «¿Recuerdas lo que pasó antes cuando ignoraste el consejo de Ashton? ¿Quién terminó echando espuma por la boca y colapsando? ¿Y ahora que estás despierto, vuelves a ser desagradecido?».
Paralizado por el recuerdo de su reciente experiencia cercana a la muerte, Luther permaneció inmóvil mientras los detalles volvían a su mente.
Esa sensación abrumadora y aterradora le había convencido de que su fin estaba cerca, e incluso ahora, solo pensar en ello aceleraba los latidos de su corazón.
Consciente de sus errores pasados, Luther dejó de forcejear y suplicó: «¡Sr. Baldwin! Le prometo que me quedaré quieto. ¡Por favor, no me abandone! ¡Debe salvarme!».
Ashton no tenía ningún interés en perder el tiempo con alguien tan tonto y problemático como Luther.
Sin embargo, su juramento médico le obligaba a preservar la vida, por muy tonto que fuera el paciente.
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