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Capítulo 974:
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Sin poder evitarlo, un recuerdo volvió a su mente, de hacía dos años, cuando había irrumpido en el laboratorio de Verena con un billete de avión en la mano, solo para encontrar a Isaac colocándole un abrigo sobre los hombros, tal y como estaba haciendo ahora. Sus dedos habían rozado la clavícula de ella con una intimidad que Calvin no podía confundir, y también entonces Isaac había bajado las pestañas con una leve sonrisa, antes de levantar la vista con ojos tan agudos como el cristal invernal. «Métete en tus propios asuntos cuando se trate de lo que pasa entre mi novia y yo».
El eco de aquellas palabras casi idénticas le carcomía ahora a Calvin, provocándole una terrible sospecha. ¿Acaso Isaac había perdido realmente la memoria? ¿No había sido su amnesia más que una farsa?
«Isaac Bennett», susurró, con la amargura que le endurecía la voz, «siempre sabes dónde hurgar más hondo».
Su mirada permaneció clavada en sus figuras que se alejaban, con el peso hueco de la ira y la pérdida oprimándole la garganta.
Los ojos de Calvin se demoraron en Verena, acurrucada con seguridad en los brazos de Isaac como si ese fuera su lugar. Ella levantó la cara, con una sonrisa radiante mientras Isaac se inclinaba hacia ella y le susurraba algo solo para sus oídos.
Aquella imagen le quemaba la piel hasta los huesos. Le escocían los ojos, pero no podía apartar la mirada.
𝘓o 𝘮á𝗌 𝗅𝗲𝗶́𝗱𝗼 𝗱𝘦 𝗅𝖺 ѕ𝗲𝗺𝖺𝗇а е𝗇 ո𝗼ve𝘭a𝗌𝟰𝖿аո.c𝘰𝘮
La voz de Verena resonaba sin piedad en su cabeza, repitiéndose como un disco rayado. «Y en cuanto a las cosas que te preocupan, no te preocupes. Las arreglaré, pieza a pieza. Todo irá mejor».
Su mirada se posó en la mano de Isaac, que descansaba con una naturalidad posesiva alrededor de la cintura de Verena. Casi inconscientemente, articuló esas mismas palabras en la noche vacía: «Todo irá mejor», mientras sus dedos rozaban la suave superficie del broche de mariposa azul escondido en su bolsillo.
Los bordes se le clavaban con fuerza en la piel, como si se burlaran de él, y con ese escozor llegó el recuerdo: la mención de Isaac sobre una invitación, la fiesta de bautizo de su hija.
Perfecto. ¿Qué mejor excusa para volver a ver a Verena? Una oportunidad para volver a entrar en su órbita. Para robar una última mirada a la luz de sus ojos, bajo el pulcro disfraz de ser solo un antiguo compañero de colegio.
«Todo irá mejor…», repitió con una sonrisa retorcida, conteniendo el aliento entre los dientes antes de que se le escapara una risa baja y amarga. Sus gafas reflejaron la luz mientras sus ojos se helaban.
¿Mejor?
No.
Algunas heridas no estaban destinadas a curarse. Tenían que pudrirse, supurar hasta que ella viera por fin la verdad, quién era el que realmente merecía estar a su lado.
Y Calvin se prometió a sí mismo: nada de esto iría mejor jamás.
El coche de Isaac se detuvo frente a la Villa Sampson. Apagó el motor —el zumbido se desvaneció en el silencio— y miró por el retrovisor.
Verena estaba sentada desplomada contra el asiento, con las pestañas revoloteando sobre sus mejillas. Una fina cadena alrededor de su cuello reflejaba la luz interior; la alianza brillaba tenuemente donde colgaba, balanceándose con su respiración.
Aquella imagen le trajo un recuerdo a la mente: la tensión en el puño de Calvin al agarrar la muñeca de Verena, el hambre descarnada en sus ojos.
Isaac, siempre atento a las corrientes ocultas, no necesitó palabras en ese momento. Podía sentir la obsesión de Calvin en el aire, sin lugar a dudas.
Con silencioso cuidado, se inclinó por encima de la consola para desabrocharle el cinturón de seguridad. «¿Quieres entrar y dormir un rato?».
Ella negó lentamente con la cabeza antes de recostarse suavemente contra su hombro. «Quédate conmigo un rato».
La luz de la luna se colaba por la ventanilla del coche, plateando su cabello hasta que brillaba como seda hilada.
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