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Capítulo 906:
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«No llegué tarde», murmuró Luis, suavizando el tono hasta que transmitiera la paciencia que uno emplearía con un niño asustado. Con dedos tiernos, le colocó otro mechón de pelo suelto detrás de la oreja. «Acababa de subir al avión cuando Louville empezó a temblar».
Se detuvo un instante, con la mirada siguiendo el temblor de sus pestañas. «La autopista que lleva al aeropuerto de Ochrerayd se derrumbó tras el terremoto. Aun así, conseguí llegar aquí antes de las siete. Estabas dormida y no quería molestarte… así que esperé fuera un rato».
Cuando se percató del enrojecimiento que se extendía por sus ojos, el pánico se reflejó en su rostro. Manoseó las cajas de regalo y se las puso en las manos casi con torpeza. «Las tartas de manzana están un poco magulladas, pero me aseguré de que el glaseado no se derritiera. Y el té de jazmín de Louville es famoso. Pensé que te gustaría. Pruébalo».
La voz de Miranda tembló cuando por fin rompió el silencio.
«¿Por qué no contestaste al teléfono?».
El cambio en su tono hizo que la pregunta resultara más pesada.
Luis tragó saliva, con la nuez de Adán moviéndose mientras le secaba las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Su respuesta llegó en un susurro, suave como un aliento. «Se agotó la batería. El teléfono se apagó solo».
Miranda recordó las interminables llamadas que nunca se conectaban, los sombríos informes de víctimas y las terribles imágenes del deslizamiento de tierra.
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Todos esos miedos y penas se fundieron en lágrimas que le calentaban las mejillas.
Incapaz ya de contenerse, se arrojó a los brazos de Luis.
Luis se quedó rígido por un instante, pero enseguida la atrajo hacia sí, rodeándola con sus fuertes brazos mientras apoyaba la barbilla sobre su cabeza. «Siento haberte hecho preocuparte».
El aroma mezclado de agua de lluvia y cedro que desprendía le proporcionó más consuelo que cualquier palabra de tranquilidad.
Sus dedos se aferraron instintivamente a la tela de su espalda, como para confirmar que realmente estaba allí.
En el instante en que se tocaron, sus pulseras inteligentes vibraron al unísono, proyectando un suave resplandor azul sobre sus muñecas: dos curvas de frecuencia cardíaca que bailaban como si estuvieran ansiosas por entrelazarse.
Al escuchar los latidos de su corazón, Miranda sintió que los suyos se sincronizaban con los de él.
Entonces se dio cuenta: su corazón era lo que ella había estado anhelando todo este tiempo.
«Tonto». Levantó ligeramente el rostro, rozando con la frente la barba incipiente de su mentón, con la voz amortiguada por su cuello de camisa. «No vuelvas nunca… a hacerme preocuparme así».
«No lo haré». Los brazos de Luis la apretaron con más fuerza, abrazándola como si pudiera fundirla con él mismo.
«Luis».
Ella pronunció su nombre y él aflojó el abrazo ligeramente de inmediato, bajando la mirada para encontrarse con la de ella, esperando en silencio.
En sus ojos, ella vio su propio reflejo: los ojos llenos de lágrimas, pero con una sonrisa que se abría paso. «Creo que me estoy enamorando de ti».
Sus palabras le impactaron como una piedra arrojada al agua en calma, y las ondas se extendieron por sus ojos.
Sus pupilas se contrajeron. Su nuez de Adán se movió, pero no le salieron las palabras. Solo la atrajo más hacia sí, hasta que sus corazones, que latían con fuerza, se presionaron el uno contra el otro.
Ambas pulseras inteligentes mostraron su veredicto: frecuencia cardíaca de 120 latidos por minuto.
Aquella extraña armonía hizo que Miranda se riera suavemente entre lágrimas.
Luis tragó saliva con dificultad, con el corazón a punto de salírsele del pecho.
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