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Capítulo 833:
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Verena ya estaba sentada en el sofá frente a ella, sin la mascarilla, con sus delicados rasgos revelados bajo la tenue luz. Molly parpadeó, invadida por la confusión. «¿Qué haces aquí? ¿Y con esa ropa?».
Verena levantó la vista con una calma que parecía más una orden que una cortesía. Un destello juguetón perduraba en su mirada. «¿Tienes un momento? Tenemos que hablar».
La risa de Molly fue breve y aguda, saliendo a través de los dientes apretados. Se alisó la falda sobre las rodillas, con las uñas de color coral arrastrándose lentamente por la tela. «¿Hablar? ¿Es así como tú entiendes pedir un favor? Verena, cuando destrozaste el equipo que yo misma había creado delante de todos los altos ejecutivos, no fuiste ni la mitad de educada».
Alargó la palabra «personalmente», dejándola rodar por su lengua como veneno, antes de clavar en Verena una mirada ardiente. «¿Y ahora vienes a verme… solo para hablar?»
Verena se enrolló distraídamente un mechón de pelo antes de colocarse los rizos detrás de una oreja; el gesto despreocupado llamaba la atención sobre la línea marcada de su mandíbula. Su voz era suave, casi indiferente. «Señorita Kirk, lo ha malinterpretado. Cada decisión que tomé en la empresa fue deliberada, y no me arrepiento de ninguna».
Su tono era tan suave como el de una charla trivial, pero el hielo que se escondía tras él era inconfundible. «Los parásitos no duran para siempre. Deshacerse de ellos era solo cuestión de tiempo».
Las palabras la golpearon como un pedernal. Molly cerró de un golpe su polvera y la arrojó a un lado mientras se ponía en pie de un salto, señalando con el dedo al aire en dirección a Verena. «Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Solo para regodearte?»
Verena se levantó a su ritmo, alisándose el uniforme como si el enfrentamiento no fuera más que un inconveniente. Atravesó la habitación con pasos mesurados y se detuvo justo al alcance del cálido resplandor de la lámpara.
Sus ojos, claros y brillantes bajo la luz amarilla, se clavaron en Molly. Su voz se suavizó, adquiriendo un tono sincero. «Quiero hablar de Luis. «
El nombre la golpeó como agua helada arrojada sobre una llama. Molly se quedó paralizada, y su ira se desvaneció en mitad de una respiración. El arco de sus cejas vaciló, frunciéndose mientras la confusión nublaba su mirada. «¿Luis?». La palabra se le escapó de los labios, incierta, frágil.
Su voz, tan cortante hacía solo unos instantes, se volvió vacilante, a punto de romperse. «Pero…»
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Su mano se deslizó hacia la falda, y los dedos recorrieron los pliegues mientras los recuerdos afloraban: marcar su número hasta que le dolían las yemas de los dedos, mensajes engullidos por el silencio como si su teléfono fuera un mar sin fondo.
Bajó la mirada, con la voz cargada por el peso de aquella ausencia. «Luis ya no quiere hablar conmigo. Debe de estar furioso».
Verena observó su figura encorvada, sintiendo cómo algo indefinible se agitaba en su pecho: una emoción que no lograba nombrar. Tras recomponerse, habló con tranquila precisión. «Continuemos esto en otro sitio».
Molly levantó la cabeza. La lucha había desaparecido de sus ojos, sustituida por una impotencia que parpadeaba en lo más profundo de su mirada. «Ojalá pudiera. Pero mi padre me ordenó que no fuera a ningún sitio excepto al museo de arte. Tiene guardaespaldas apostados fuera. No hay forma de escapar».
Su mirada se deslizó hacia la puerta, y un suspiro se le quedó en los labios. «Llevan más de una década siendo leales a él. Abrirnos paso a la fuerza sería imposible».
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