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Capítulo 829:
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La inquietud de Rowland se volvió insoportable. Su nuez de Adán se movía visiblemente mientras el sudor frío le resbalaba por el cuello y se filtraba en el cuello de la camisa, formando una mancha oscura a la altura de la cintura.
Cada latido del corazón, en medio del silencio de Luis, le parecía una cuchilla de guillotina suspendida sobre su garganta.
Por fin, justo cuando Rowland estaba a punto de derrumbarse bajo su peso, Luis echó de repente la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
Rowland parpadeó, atónito y confundido.
Luis levantó un pañuelo y limpió con calma el marco de fotos que tenía a su lado. «Rowland, lo has hecho bien. Pocos se atreven a vigilar tan de cerca a Darrell. Recordaré este valor tuyo».
Bajó la mirada, ocultando el destello en sus ojos.
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Al oír el respiro —y al no percibir más sospechas—, la espalda de Rowland por fin se relajó. Exhaló profundamente.
Enderezó la postura y esbozó una sonrisa aduladora. En un tono cargado de devoción, dijo: «Señor Sampson, nunca olvido a quién sirvo. Por muy temible que pueda parecer Darrell, me enfrentaré a él sin vacilar. Sea cual sea el peligro que nos espere, ¡lo soportaré por usted!».
Luis siguió puliendo el marco, con la mirada fija hacia abajo.
Los fervientes juramentos de Rowland llenaban la oficina, pero en el corazón de Luis ya se había arraigado una mueca silenciosa y burlona.
Los ojos de Luis brillaban con una ironía fría y divertida. Para él, la muestra de lealtad de Rowland no era más que un lobo envuelto en piel de cordero. Las mentiras estaban mal cosidas —llenas de costuras y puntadas débiles— y, bajo la mirada de Luis, parecían casi patéticas.
Luis contuvo la risa que amenazaba con escapársele; la comisura de sus labios apenas se crispó mientras su mirada estrecha y hundida recorría el rostro enrojecido de Rowland.
Una sola mirada le lo dijo todo: la calma forzada, el ansia de aprobación. Un peón desesperado por ganarse el favor —la pieza más fácil de sacrificar— y ni siquiera se daba cuenta.
Luis dejó el marco de fotos con cuidado deliberado, colocándolo boca abajo sobre el escritorio. Dobló el pañuelo que había junto a él, alisando la tela con movimientos precisos, casi rituales.
Luego, levantando la cabeza, preguntó en voz baja: «Llevas años trabajando a mis órdenes. Quiero saber qué opinas. Si tuviéramos que tratar con Darrell, ¿cómo crees que deberíamos proceder?».
Rowland parpadeó, sorprendido por un instante, y luego esbozó una sonrisa aduladora tan rápidamente que parecía ensayada. La emoción se coló en su voz. «Señor Sampson, si fuera por mí, reuniríamos a todos los vinculados a los negocios clandestinos. Haríamos de Darrell un ejemplo ante ellos. Que esos gamberros vean que romper sus reglas solo conduce a un final: la muerte».
Sus manos trazaban gestos en el aire mientras hablaba, unos adornos nerviosos que delataban su confianza. «Piénselo. Si se corre la voz sobre lo de Darrell, los subordinados se amotinarán. Hay que imponer la autoridad… en público».
Luis se recostó en el asiento de cuero, con los dedos marcando un ritmo lento y mesurado en el reposabrazos. Una pequeña sonrisa, casi divertida, se dibujó en sus labios. «Rowland, tiene sentido».
El orgullo se hinchó en el pecho de Rowland. Intentó disimularlo con deferencia. «Todo gracias a su orientación, señor Sampson».
«Puedes irte», dijo Luis, haciendo un gesto con la mano sin levantar la vista. Su voz sonó seca y firme. «Yo mismo me encargaré del lío de Darrell».
«Sí, señor», respondió Rowland. Hizo una reverencia y se marchó con pasos respetuosos y ensayados.
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