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Capítulo 743:
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Pero antes de que pudiera ceder, Miranda se percató de su intención. Sus labios esbozaron una sonrisa burlona y se apartó con repentina rapidez.
—Tengo hambre. Salgamos a cenar. —Su voz resonó con dulzura y picardía juguetona, mientras sus pestañas revoloteaban.
Luis se quedó paralizado, con el deseo aún reflejado en su expresión.
Abrió la boca, pero no le salieron las palabras; se quedó indefenso ante su picardía.
Veinte minutos más tarde, Miranda salió del probador. Había elegido un vestido que se ceñía a su figura, combinado con unos zapatos de tacón plateados que resonaban suavemente contra el suelo.
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Su maquillaje era sencillo, con un toque de elegancia que no necesitaba excesos.
Luis, por su parte, se había puesto un traje que le había traído el personal. El corte negro realzaba su impresionante figura, acentuando su ya de por sí atractiva presencia hasta convertirla en algo imponente. Estaba sentado con naturalidad en el sofá, con las largas piernas cruzadas, en una postura relajada pero refinada. Tenía el móvil en la mano y sus dedos delgados se deslizaban ligeramente por la pantalla.
—¡Mira a esa pareja de ahí delante, son deslumbrantes! —exclamó una chica, con un tono teñido de envidia.
—¡El hombre tiene unas piernas larguísimas y la figura de la mujer es impresionante! —añadió otra, con evidente admiración en la voz.
La mirada de Molly, casi distraída, siguió la de ellas.
Pero en el momento en que sus ojos se posaron en la escena que tenía delante, su indiferencia se resquebrajó.
Allí, caminando juntos, estaban Luis y Miranda. Su cercanía lo decía todo, y el hotel a sus espaldas completaba el cuadro.
Miranda llevaba el abrigo de Luis, y la armonía entre ellos era innegable.
La amargura se apoderó del pecho de Molly, aguda y agria como una fruta verde, atascándose en su garganta y punzándole detrás de los ojos.
Conocía a Miranda. Nunca olvidaba los rostros de sus rivales en el amor. Las palabras de Verena resonaban en su mente —las insinuaciones de que había algo entre Luis y Miranda.
Los celos, la incredulidad y la renuencia se abatieron sobre ella como una marea creciente. Apretó los dedos alrededor del volante hasta que se le blanquearon los nudillos.
¿Podría ser cierto? ¿De verdad sentía Luis algo por Miranda?
Sus pensamientos se enredaron en una tormenta: resentimiento hacia Miranda, miedo al corazón indeciso de Luis. Lo que más la inquietaba no era su vacilación con ella, sino lo que pudiera sentir realmente por Miranda.
Molly lo miró fijamente, desesperada por descifrar su expresión.
Sin embargo, desde la distancia, lo único que percibió fue el sutil esbozo de una sonrisa en sus labios —una imagen que le oprimió el pecho como si le hubieran atado bandas de hierro alrededor—.
El semáforo se puso en verde. Los coches se pusieron en marcha y el aire se llenó del suave zumbido de los motores.
Aun así, los ojos de Molly seguían fijos en el retrovisor lateral, reacios a apartarse.
Un fuerte claxon la sacó de su ensimismamiento, sobresaltándola. Apartó la mirada, arrancó el motor y se metió en una calle lateral.
En el espejo, las figuras de Luis y Miranda se hicieron más pequeñas y se difuminaron hasta desaparecer entre la multitud. Una sensación de vacío e impotencia se apoderó del pecho de Molly.
La frustración y la decepción ardían en su interior cuando llegó a casa. Irrumpió en el salón y arrojó su bolso sobre el sofá con un fuerte golpe.
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