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Capítulo 644:
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Marisa hundió el rostro en el hombro de su hija, temblando y sollozando en voz baja.
Entre sus lágrimas surgieron palabras angustiadas, cargadas de culpa. «Lo siento… Lo siento… . Todo es culpa mía. No supe protegerte».
Repetía aquel lamento como una prisionera atrapada en un ciclo sin salida.
Cada palabra era un martillazo en el corazón de Verena, dejándolo magullado y dolorido. Las lágrimas brotaron mientras lloraba con ella.
Acarició la espalda de su madre, consolándola con ternura entre sollozos. «Mamá, no es culpa tuya. No cargues con ese peso. Ahora estoy aquí, y nada volverá a separarnos».
Gracias a su consuelo, los sollozos de Marisa comenzaron a apagarse; su cuerpo aún temblaba, pero poco a poco se iba relajando.
Sin embargo, como si se hubiera accionado algún interruptor oculto, otro pensamiento se apoderó de ella. Frunció el ceño y gesticuló frenéticamente, murmurando: «Los regalos… He guardado tantos regalos especiales, todos para tus cumpleaños. Te los voy a enseñar».
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Su voz rebosaba urgencia. Liberándose de los brazos de Verena, se dirigió tambaleándose hacia el armario de la esquina, sin dejar de murmurar: «Los regalos… los regalos…».
Con manos temblorosas, Marisa rebuscó, esparciendo objetos sin cuidado, impulsada únicamente por la búsqueda de los tesoros que había preparado para su hija.
Pero por mucho que buscara, no aparecía nada.
La confusión se apoderó de su rostro y la desesperación se reflejó en sus ojos. Las rodillas le fallaron y se derrumbó con un grito como el de una niña perdida. «¿Qué hago? Los regalos han desaparecido… No los encuentro. ¿Qué hago? Eran para mi hija… »
Verena corrió a su lado, extendiendo los brazos para sujetarla.
Pero Marisa se debatía, agitando las manos, con el rostro deformado por la desesperación.
Se levantó de nuevo, intentando continuar con la búsqueda inútil.
Verena le agarró las manos con firmeza, atrayéndola hacia sí en un abrazo, con una voz a la vez urgente y tranquilizadora. «Mamá, no te preocupes. Ya he recibido los regalos. De verdad que sí».
Esas palabras dejaron a Marisa clavada en el sitio. Se quedó paralizada, mirando a Verena con una duda temblorosa. «¿Tú… tú los has recibido?»
Verena le secó las lágrimas a su madre con el pulgar, con la mirada rebosante de ternura.
Inclinándose hacia ella, asintió suavemente, con la mirada firme. «Sí, los he recibido… y los atesoro mucho».
Su sinceridad inundó a Marisa, calmando su tormenta. Verena había creído en su día que los lazos de sangre por sí solos no podían salvar el abismo de los años.
Sin embargo, en ese momento, sintió lo profundamente que sus padres siempre la habían llevado en sus corazones.
La distancia que temía se había desvanecido.
Los sollozos de Marisa se fueron atenuando, aunque algunos llantos entrecortados persistían en el silencio.
La larga tormenta la había dejado completamente agotada, con los ojos hinchados y el rostro aturdido por el cansancio.
Verena la cuidó con delicadeza, como si temiera que un roce descuidado pudiera causarle dolor.
Acostó a su madre en la cama con suavidad. Marisa se aferró a la mano de su hija con una fuerza desesperada, como si soltarla significara perderla de nuevo.
Verena no se resistió. Dejó que su madre se aferrara con todas sus fuerzas.
Sentada a su lado, le apartó los mechones de pelo de la cara a Marisa y le habló en voz baja: «Descansa ahora. Ya ha pasado todo. Todo va bien».
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