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Capítulo 643:
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Tras respirar hondo y temblorosamente, Verena susurró: «Mamá…».
Pero Marisa no dio señales de oírla. Tenía la mirada perdida, la mente a la deriva en algún lugar lejano, mientras se aferraba desesperadamente a la almohada que sostenía entre los brazos.
Aquella imagen le atravesó el corazón a Verena como una navaja.
Se mordió el labio inferior y luego se arrodilló lentamente. Tras una pausa vacilante, extendió la mano y tomó con delicadeza la mano seca y frágil de su madre entre las suyas.
«Mamá, soy yo, Verena. He vuelto».
Sus palabras eran tiernas, temblorosas de esperanza, mientras apretaba con fuerza la mano de su madre, deseando que el calor y el reconocimiento le llegaran a través de su tacto.
Aunque Verena se acercó con todo su corazón, Marisa permaneció ajena a todo, tratando su presencia como si fuera aire. Tenía la mirada perdida, fija en la almohada que sostenía entre sus brazos. Murmuraba una y otra vez: «Mi pequeña, duerme ya».
Su voz transmitía una neblina de confusión, pero estaba envuelta en una calidez tan profunda que la almohada parecía su perla de gran valor: todo su mundo apretado contra su pecho.
Cuando Verena oyó a su madre utilizar un nombre que solo los familiares más queridos habían pronunciado jamás, sintió como si una mano invisible le agarrara el corazón, robándole el aire de los pulmones.
Acarició la mejilla surcada por el paso del tiempo de Marisa, y su propia voz se quebró incluso mientras intentaba mantenerla tierna. «Mamá, soy yo. Estoy aquí mismo. Mírame».
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Pero Marisa se adentraba aún más en su confuso reino, sorda a la súplica de Verena, con los labios moviéndose al ritmo del mismo estribillo entrecortado. Apretó con fuerza la almohada, de forma instintiva y desesperada, como si alguien pudiera arrebatarle a su hija.
La mirada de Verena se posó en aquella almohada, y la culpa la atravesó como una espina. Si no se la hubieran llevado hacía años, tal vez su madre nunca habría caído en este estado. Solo de pensarlo se le llenaron los ojos de lágrimas.
Bajó la cabeza, respiró hondo y reunió el valor para alcanzar con cuidado la almohada.
Su mano se movió con la paciencia de quien maneja cristal. Mientras apartaba lentamente la almohada, no apartó la mirada de Marisa ni un instante. Su voz era suave, casi un susurro. «Mamá, este no es tu bebé. Yo estoy aquí… soy tu hija».
Antes incluso de empezar a apartarla, el temor la carcomió: ¿la agarraría Marisa con todas sus fuerzas? Temía que el dolor de su madre no hiciera más que agravarse.
Sin embargo, para su sorpresa, Marisa no se resistió.
Sus ojos ausentes se desplazaron de la almohada al rostro de Verena. Poco a poco, una tenue luz se encendió en ellos.
Marisa la miró fijamente, aturdida, antes de susurrar con voz ronca: «¿Eres mi hija?».
Verena no había esperado que lo creyera tan rápidamente. Agarró la mano de Marisa con todas sus fuerzas, con la voz ahogada por las lágrimas. «Mamá, soy yo. Soy tu hija. He vuelto… y nunca más te volveré a dejar».
Al oír esto, la angustia de Marisa se desató. Reuniendo unas fuerzas nacidas del anhelo, atrajo a Verena hacia sí en un abrazo tan intenso que casi le quitó el aliento.
Verena no se resistió. Aunque se asfixiaba, a cambio solo apretó más fuerte su propio abrazo.
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