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Capítulo 610:
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Luis irradiaba una intención asesina pura, una tormenta disfrazada de figura humana. Miraba hacia abajo a Carl; sus ojos helados y despojados de misericordia.
Momentos antes, al escuchar el rugido desquiciado de Carl, Luis —ya en la puerta— supo que algo iba mal.
En el instante en que la empujó para abrirla, vio a Verena a punto de ser destripada por el mismo monstruo que se había atrevido a usarla contra él.
Era su sangre, su tesoro —la hermana por la que había cruzado el infierno para recuperar.
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Era su límite intocable, y cualquiera que se atreviera a cruzarlo ya estaba marcado para morir.
Carl lo había cruzado.
De no ser por su acuerdo con Verena, Luis habría despedazado a Carl y exigido pago en sangre.
Luis luchó por encadenar el impulso asesino; obligándose a no acabar con Carl en el acto.
Pero la rabia le bullía por dentro, un volcán listo para erupcionar.
Lentamente, Luis levantó la bota. Carl aspiró un aliento entrecortado de alivio; la mano magullada e inútil, temblando mientras intentaba ponerse en pie.
Luis no había terminado.
Antes de que Carl pudiera llegar siquiera a la mitad, Luis le clavó una patada feroz en el vientre.
Con un golpe resonante, Carl salió volando de nuevo y se estrelló duro en el suelo.
Luis no se detuvo. Sus ojos llamaban mientras descargaba otra patada brutal, como si tuviera intención de aplastarle las entrañas.
Patada tras patada lo golpearon. Carl se retorcía; los brazos enroscados en un escudo inútil; los gemidos y los ruegos desesperados se le escapaban entre los dientes apretados.
Luis no escuchó ni una sola palabra.
Carl se revolvió en el suelo; su garganta no soltaba más que quejidos rotos.
Verena observó cómo el subir y bajar de su pecho se volvía más débil; el cuerpo temblando como si pudiera perder la conciencia en cualquier segundo.
Luis, sin embargo, no daba señales de contenerse; la furia seguía brotando en golpes implacables. Por un momento, temió que lo matara ahí mismo.
Su voz cortó el caos. «Ya es suficiente.»
Al instante, Luis se detuvo; congelado a media acción por su orden. Se volvió despacio, con una vena todavía pulsándole en la sien; los restos de la rabia ardiendo bajo su piel.
Cuando sus ojos encontraron los de Verena, el fuego en ellos se apagó, ahogado por algo más pesado —culpa, pena, autorreproche.
El pecho se le apretó al pensar en lo cerca que había estado su hermanita de ser lastimada por ese monstruo, y en que la culpa descansaba sobre él por no haberla mantenido a salvo.
Tomó una respiración profunda; forzando a la tormenta por dentro a calmarse.
«Dime qué quieres que se haga», dijo; el tono ahora suavizado. «Lo que decidas, se llevará a cabo.»
La mirada de Verena se agudizó; sus ojos como fragmentos de hielo clavados en la figura apachurrada de Carl. Parecía menos un hombre y más un animal callejero golpeado hasta quedar irreconocible.
Su voz cayó en una calma escalofriante; cada palabra afilada de veneno. «Mató a mi abuela. Destruyó una vida que debió haberse respetado. Y dejó a Isaac como está. La muerte es demasiado misericordiosa. Quiero que saboree un dolor peor que cualquier cosa que haya infligido.»
Su mirada se endureció; la mandíbula apretada de furia. «Las piernas de Isaac fueron lesionadas, dejándolo en una silla. Quiero que Carl comparta el mismo destino.»
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