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Capítulo 27:
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La preocupación se grabó en el rostro de Slater mientras su mirada se quedaba posada en la lesión. Sin dejar que su expresión cambiara, Verena se inclinó para un vistazo preciso. «Voy a comenzar con el tratamiento. Puede picar un poco, así que trate de mantenerse quieto.»
Una risa seca escapó de Barrie. «He soportado cosas peores en mi tiempo. Esto no será nada.»
«Todavía carga el temple de un soldado, señor Lyons,» respondió Verena, con el elogio genuino en su tono.
Su historia como médico y paciente significaba que Barrie sabía qué tipo de herramientas podría necesitar, y las había tenido preparadas.
Aunque el mundo la conocía por su habilidad quirúrgica, su fortaleza más profunda radicaba en el arte de la medicina tradicional. Una de las fuerzas que la impulsaron a estudiar en Clokron había sido el deseo de unir lo mejor de la medicina tradicional y la moderna, dándoles a sus pacientes todas las ventajas en la recuperación.
Del maletín médico extrajo un surtido de agujas de plata, cada una elegida para un punto específico, y las colocó con una precisión impecable.
Desde el rincón, Slater observaba el ritmo seguro de sus manos, la concentración tranquila en sus ojos, y no pudo evitar que le impresionara lo capaz que parecía. Una vez que la última aguja quedó en su lugar, el rostro de Barrie se había puesto ceniciento, y las venas en su frente pulsaban visiblemente bajo la piel.
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«Mi abuelo parece que necesita agua,» dijo Slater, con el ceño fruncido de preocupación.
Todavía apuntando notas en un bloc de recetas, Verena respondió con calma: «No hace falta. Esta reacción es normal. En un momento va a estar bien.»
Sus palabras resultaron ciertas. En pocos minutos, la tensión en el rostro de Barrie se disipó, el color regresó, y el frío en su pierna fue reemplazado por un calor que se extendía poco a poco.
«Solo usted puede quitarme este dolor, Doctora Willis,» comentó Barrie, con el alivio claro en su voz.
Slater exhaló despacio, la tensión abandonando sus hombros, aunque el asombro todavía persistía. Sus ojos se deslizaron hacia Verena, que estaba con la cabeza gentilmente inclinada, completamente concentrada en escribir la receta. Unos mechones sueltos le enmarcaban el rostro, y había algo calladamente cautivador en la manera en que se movía. Era casi imposible apartar la mirada.
Muchas mujeres habían llamado la atención de Slater antes, pero ninguna cargaba la clase de presencia que tenía Verena. Lo que sentía no era el chispazo fugaz de la atracción, sino algo más agudo, más denso: una conciencia de que ella estaba en un plano muy por encima de su alcance. No era el jalón del romance; era la silenciosa reverencia que uno siente al mirar la luna, sabiendo que es hermosa pero intocable.
Veinte minutos pasaron antes de que Verena comenzara a retirar las agujas de plata de la pierna de Barrie con cuidado experto.
«El medicamento está listo,» dijo, con un tono tranquilo pero deliberado. «Esta vez, señor Lyons, tiene que cumplir el plan. Su condición lleva demasiado tiempo arrastrándose. Quizás no podamos curarla por completo, pero podemos quitarle la mayor parte del dolor. Tome el medicamento, descanse bien, y con este clima: abríguese siempre.»
Barrie, que alguna vez había dominado la habitación como un general, ahora parecía casi tímido. «Gracias, Doctora Willis. Esta vez sí voy a seguir su consejo,» dijo con una risa algo avergonzada.
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