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Capítulo 225:
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Sin poder quitarle los ojos de encima a Brea, el Señor Griffin sonrió. De hecho, no fue hasta que ella lo fulminó con la mirada que él tomó su copa para proponer un brindis.
«Señorita Duffy, usted es muy hermosa. No hay otra actriz más bella que usted en la industria del entretenimiento. He oído su nombre durante mucho tiempo y siempre había deseado conocerla. Finalmente, hoy tengo la oportunidad de tenerla frente a mí y puedo decir que realmente se merece la reputación que posee».
Aunque a Brea no le agradaba el hombre, alzó su copa para unirse al brindis.
«Gracias por sus elogios, Señor Griffin, pero pensé que hablaríamos de negocios».
«Tranquila, Señorita Duffy, lo haremos».
Aun así, esas amables palabras no ocultaban las sucias intenciones del anciano, que incluso trató de tocar a Brea.
Anticipando el movimiento, la chica rápidamente evitó los dedos del sujeto antes de que pudieran hacer contacto con su mano.
“Señor Griffin, ¿Está borracho?», soltó ella sin rodeos y sin disfrazar su molestia.
Semejante contundencia sorprendió por un momento al Señor Griffin, quien a pesar de que quería forzarla a dejarse llevar, no se atrevía a hacerlo porque sabía muy bien lo poderosos que eran los Duffy. En ese sentido, retiró la mano con una sonrisa.
«Míreme… estoy ebrio», contestó con torpeza, tomando otro sorbo de vino antes de verter el líquido que quedaba en su copa sobre el pecho de la hermosa mujer sentada a su izquierda. Luego, giró la cabeza y levantó la barbilla con arrogancia hacia uno de sus asistentes, y ordenó: «Raul, lámele las manchas de vino».
Al escucharlo, un rastro de sorpresa brilló en el rostro de la chica involucrada, pero de todos modos se puso de pie con complacencia. Seguidamente, antes de que el asistente pudiera objetar, la mujer envolvió su cuerpo alrededor de él quedando en una postura bastante indecente. Daba la impresión de que una demanda tan escandalosa era común para ella.
Por otro lado, era obvio que Raul no estaba acostumbrado a eso, pues estaba temblando cuando la hermosa chica lo condujo al sofá.
Pronto, los dedos ardientes de la mujer vagaron entre el pecho y las piernas de Raul con una agilidad admirable.
Contrario al entusiasmo de la joven, el chico lucía un poco avergonzado. Sonrojado, miró al Señor Griffin, y tartamudeó: «Mmm… señor… no creo que esto sea apropiado.
¡Yo soy casado! Mi esposa me va a matar».
Decepcionado e iracundo, el Señor Griffin le arrojó su copa a la cara de Raul. Y con gran puntería, logró golpearlo justo en la frente. Por supuesto, el pobre asistente comenzó a sangrar de inmediato.
«¿Cómo vas a rechazar a una mujer así? ¿Acaso eres un maldito maricón? ¿De verdad no quieres hacerlo? ¡Bien! ¡Hay mucha gente dispuesta a cumplir con tu trabajo! Llamaré a alguien para que te reemplace ahora mismo. No te presentes mañana en la oficina».
Asustado, Raul se apresuró a suplicar: «¡No! ¡Por favor! ¡Seños Griffin, lo haré! ¡Lo haré!».
Dicho eso, presionó a la chica contra el sofá, le quitó la ropa, y lamió el vino tinto de su pecho.
Era imposible saber si la chica lo disfrutaba o no, pero cerró los ojos y gimió con obediencia.
Cuanto más los miraba el Señor Griffin, más feliz se ponía. Es más, hasta sacó varios billetes que les arrojó a los dos.
Al ver eso, las otras chicas presentes se pavonearon más cerca de él y lo acariciaron mientras lo halagaban.
Como era de esperarse, el anciano manoseó a una de ellas y le dio de beber una copa de vino.
Dispuesta a seguirle el juego, la mujer se bebió la copa con emoción, y cuando terminó, rodeó el cuello del Señor Griffin con sus brazos y lo besó apasionadamente.
Aparte de eso, frotaba constantemente sus grandes pechos contra él.
Sus acciones excitaron al Señor Griffin, quien le quitó la ropa con rudeza y le metió la lengua en la boca, obligándola a besarlo.
Tras quedarse sin aliento, la apartó y le arrojó un puñado de efectivo.
“¡Vamos! ¡Baila para mí! ¡Desnúdate!».
Quitándose la ropa interior, la chica movió la cintura y bailó desnuda, rozando su cuerpo contra el Señor Griffin, que se aprovechaba de ella.
Si bien la chica hacía todo lo posible por seducirlo, había un pánico indeleble en sus ojos.
A su vez, Brea nunca antes había presenciado una escena tan vulgar. Estaba abrumada por las ganas de vomitar.
De hecho, si Foley no la hubiera detenido, ya se habría ido.
De todos modos, golpeó la mesa con fuerza y apretó los dientes.
“¿Qué está insinuando, Señor Griffin? ¡Estoy aquí para hablar de negocios, no para verlo abusar de estas mujeres! ¿Estás tratando de insultarme pidiéndoles que actúen de esta forma tan repugnante?».
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