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Capítulo 349:
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Madison se sentía destrozada por cómo Declan siempre prefería a Dayna antes que a ella.
No hacía mucho, ella lo había colmado de cuidados y cariño, desempeñando el papel de la novia cariñosa. Sin embargo, él la había rechazado con frialdad, diciéndole que se marchara porque necesitaba descansar.
Madison había intentado convencerse de que tal vez la brusquedad de Declan se debía a las molestias de la operación, aferrándose a excusas para justificar su comportamiento distante.
Pero en el momento en que llamó a Dayna, todas esas esperanzas se hicieron añicos.
Se dio cuenta de que él simplemente no la quería allí en absoluto.
Un escalofrío recorrió la espalda de Madison mientras se esforzaba por entender en qué se había equivocado. No podía comprender por qué Declan de repente la trataba con tanta indiferencia. A pesar de que esperaban un bebé, su entusiasmo se había desvanecido en un instante. Últimamente, solía mirarle el vientre con una mirada fría y calculadora que la llenaba de pavor.
Ahora podían dejarse ver juntos abiertamente, sin estar ya atados al secreto, y, sin embargo, Madison sentía que las cosas habían ido mejor cuando tenían que esconderse. Al menos entonces aún podía sentir el cariño de Declan. ¿Y ahora? Ahora no sentía nada.
Dayna se percató de la tensión grabada en el rostro de Madison e inmediatamente adivinó qué la atormentaba. Al fin y al cabo, ella había recorrido ese mismo camino en su día.
En el pasado, a Madison le había encantado burlarse de Dayna, alardeando de lo diferente que las trataba Declan.
Bajando la voz, Dayna dijo: «¿Recuerdas cómo me tratabas entonces? Parece karma, ¿no? Te encantaba que Declan te prestara atención y me ignorara. Ahora se ha invertido».
Las palabras de Dayna traspasaron a Madison hasta lo más profundo, golpeándola precisamente donde más le dolía.
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Los ojos de Madison ardían mientras lanzaba a Dayna una mirada feroz, conteniéndose a duras penas. «No te creas demasiado superior. Probablemente Declan quiera hablar de una compensación».
Se obligó a mantener la voz firme, aferrándose a la compostura. Ya había jugado a este tipo de juegos antes y sabía que perder el control solo debilitaría su posición.
Tras respirar hondo, Madison dijo: «Pero pase lo que pase, saldré ganando. Declan se casará conmigo».
Al oír eso, Dayna miró con insistencia el vientre de Madison. «¿No te da miedo que tu historia acabe igual que la mía? Las señales de advertencia son claras. Solo estoy esperando a verte caer igual que yo». Dicho esto, Dayna entró con paso firme en la habitación del hospital.
El rostro de Madison palideció aún más. De repente, se dio cuenta de que las recientes acciones de Declan parecían hacer eco de la advertencia de Dayna. Aun así, no se atrevía a aceptarlo.
Se convenció a sí misma de que no era tan ingenua como Dayna. Al fin y al cabo, estaba embarazada del hijo de Declan. Creía que, con el bebé de su lado, podría mantenerlo atado a ella. Pero, incapaz de sacarse de la cabeza sus temores sobre las posibles traiciones de Declan, Madison decidió actuar: eliminar cualquier riesgo antes de que creciera.
Dayna no tenía ni idea de que sus palabras habían llevado a Madison a tomar una decisión tan fría.
Ver la expresión desolada de Madison le recordó a Dayna cómo se había sentido ella en su día. No estaba simplemente tratando de asustar a Madison: podía ver a la mujer recorriendo el mismo camino desgastado por el que ella misma había tropezado en su día. El dolor y la frialdad que Dayna había soportado se habían convertido ahora en la realidad cotidiana de Madison.
Dayna siempre había creído que todo lo que se hace, se paga. Por eso, no sentía piedad por Madison. A sus ojos, Madison se lo había buscado ella misma. Al mismo tiempo, sentía un silencioso alivio al saber que la verdad había salido a la luz, aunque le hubiera llevado tres dolorosos años y casi la hubiera destruido.
Con eso, Dayna se dirigió directamente a la cabecera de Declan. Declan la miró con una mezcla de emociones, pero exhaló en silencio, aliviado. Murmuró: «Menos mal que estás bien».
Siempre había dudado del dicho de que, antes de morir, toda tu vida pasa ante tus ojos. Pero cuando el coche se estrelló contra él, vio de verdad su pasado: sus dificultades para montar un negocio desde cero, conocer a Dayna, casarse con ella, vivir tres años juntos y luego divorciarse.
Siempre había creído que Madison era a quien más quería. Sin embargo, en esos últimos segundos, el rostro que más perduró fue el de Dayna.
En ese momento, sintió como si se estuviera observando a sí mismo desde arriba, viendo cómo había alejado a Dayna una y otra vez, hasta que sus ojos, antes cálidos y sonrientes, acabaron volviéndose fríos y distantes.
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