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Capítulo 30:
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Al oír eso, los ojos de Dayna se volvieron gélidos. Pero justo cuando estaba a punto de responder, una voz fría la interrumpió.
—Señorita Reid, tiene usted un don especial: consigue que la gente se estremezca y se ría al mismo tiempo. ¿Deberíamos darle un trofeo por esa brillante actuación? —dijo Kristopher con expresión impasible.
Miró directamente a los ojos llorosos de Madison, con un tono seco y lleno de sarcasmo. —¿Esa especie de actuación triste? Solo un tonto se lo creería —añadió con frialdad.
Dayna tuvo que contener la risa.
Por supuesto, ¿cómo iba a olvidarlo? Kristopher no solo era frío y calculador: su lengua afilada era igual de brutal. Con solo dos frases, había conseguido humillarlas a las dos a la vez.
El rostro de Declan se contrajo de irritación. «Sr. Hudson, como ya le he dicho, esto es un asunto privado. ¿De verdad tiene que meterse en esto?»
Kristopher apenas lo miró, pero la presión detrás de esa mirada bastaba para hacer sudar a cualquiera.
«Si vas a ir a por Dayna, primero tendrás que pasar por encima de mí. Así que, antes de hablar con dureza, quizá deberías preguntarte si estás preparado para eso», dijo con calma, pero con firmeza.
Declan y Madison se quedaron paralizados como estatuas, pillados completamente desprevenidos. Dayna, por su parte, no dejó que nada se notara en su rostro, pero algo cambió silenciosamente en su interior.
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Así que esto… esto era lo que se sentía al tener a alguien de su lado. El tipo de apoyo que había suplicado en el pasado —el que Declan nunca le había ofrecido— Kristopher se lo había dado sin dudarlo.
Declan apenas podía contener su furia. ¿Cómo demonios habían conseguido Dayna convencer a Kristopher para que la defendiera? ¿Qué tipo de manipulación había utilizado esta vez?
Sin dirigirles ni una sola palabra, Dayna les lanzó una última mirada gélida antes de darse la vuelta, con los dedos apoyados ligeramente en la silla de ruedas de Kristopher mientras lo empujaba hacia fuera con silenciosa elegancia.
Su mesa privada ya les esperaba.
Una vez dentro de la sala, tomó asiento a su lado, preguntándose si debería darle las gracias. Pero justo cuando abrió la boca para hablar, la puerta se abrió de golpe.
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