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Capítulo 106:
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La voz de Kristopher era gélida. «Manténganlo inmovilizado. Yo mismo me encargaré de ello más tarde».
«Entendido, señor Hudson».
Sentada cerca de él, Dayna no pudo distinguir los detalles de la llamada, pero la urgencia en la voz de Kristopher era inconfundible. Fuera lo que fuera, estaba claro que tenía asuntos urgentes que atender.
Se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. «Adelante. Me vendría bien un poco de tiempo para mí sola. »
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Él le lanzó una mirada prolongada y preocupada. «Si necesitas algo, solo tienes que venir a buscarme».
«Lo haré», prometió ella con un gesto de asentimiento.
Con eso, Kristopher salió en su silla de ruedas, abandonando la habitación en silencio.
Después de todo lo que había pasado, el silencio fue un alivio bienvenido. Dayna se acurrucó en el sofá, abrazando la carpeta contra su pecho. El aire fresco se colaba por la ventana entreabierta mientras cerraba los ojos y se permitía respirar.
Cuando por fin levantó la vista, sus rasgos se habían relajado, sus ojos estaban firmes y su determinación había vuelto a su sitio.
Se subió al coche y condujo hacia Ashmoor, la zona este de la ciudad. Ashmoor, que en su día fue el corazón de la ciudad, había perdido protagonismo desde que surgieron los nuevos distritos comerciales. Aun así, albergaba algo que importaba: una prisión enorme e imponente.
El rostro de Dayna estaba impasible, sin rastro de emoción. Siguió las instrucciones del guardia paso a paso, completando todos los trámites de la visita. Al final, se encontró separada del hombre del mono naranja por una pared de barrotes.
Su padre biológico. El hombre cuyos rasgos se reflejaban en los suyos. Su mirada se posó en los números cosidos a su uniforme: 9527.
¿Quién hubiera imaginado que Rhett Murray, a quien en su día se dirigían con respeto como director del Grupo Murray, se vería ahora reducido a una cara más tras las rejas?
Sus miradas se cruzaron, y el silencio se hizo denso entre ellos. Compartían la misma sangre, pero en ese momento, Dayna sentía como si estuviera mirando a un extraño.
Dayna observó su aspecto descuidado: la maraña salvaje de su cabello, los rasguños y las zonas ásperas de sus manos. Algo agudo e inesperado se retorció en su interior.
Lo despreciaba. Nunca lo perdonaría. Aun así, el dolor no la abandonaba.
Fue Rhett quien habló primero, con una voz más suave de lo que ella recordaba. «¿Te ha estado haciendo pasar un mal rato Declan? Pareces más delgada que antes».
Habían pasado tres años desde su último encuentro. La mirada de Rhett devoraba cada detalle, buscando rastros de la niña que recordaba. Ella había cambiado. Ahora había algo en sus ojos: un reflejo de los de Dorothy, inquietante e inconfundible.
Una simple pregunta, pero que golpeó duramente a Dayna, dejándola momentáneamente sin aliento. De repente, recordó tener cinco años, montada en los hombros de su padre por el jardín. Su madre los seguía por detrás, riendo. Aquellos momentos parecían dorados, intocables.
El recuerdo era vívido, sin que el tiempo lo hubiera empañado. Aún podía oír el zumbido de las cigarras en el calor denso, ver cómo el sol prendía fuego al mundo entero. Cuanto más brillaban esos recuerdos, más ardía su ira hacia el hombre que lo había arruinado todo.
—¿Todavía recuerdas a mi madre? —La voz de Dayna temblaba a pesar de sus esfuerzos, clavándose las uñas en las palmas de las manos—. Hace quince años que se fue. ¿Aún puedes imaginar su rostro?
Los ojos de Rhett se nublaron de tristeza, y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. «Por supuesto que la recuerdo».
«¿Recuerdas lo impresionante que era en su juventud? ¿La comida que le encantaba, los colores que vestía, la forma en que se le iluminaban los ojos cada vez que sonreía?».
Cada palabra que pronunciaba Dayna le caía como una herida abierta. Rhett se quedaba cada vez más callado, y el dolor en el pecho de Dayna se hacía más intenso, crudo e implacable.
De niña, el pasatiempo favorito de Dayna había sido ver una y otra vez la cinta de la boda de sus padres. Las imágenes eran granuladas, a veces más borrosas que nítidas, pero la alegría en sus rostros siempre se hacía patente.
Dos personas enamoradas, construyendo su mundo desde la nada, apoyándose el uno en el otro en cada tormenta. Su felicidad por aquel entonces era tan real que casi desbordaba el encuadre.
Rhett se quedó allí sentado, incapaz de decir una palabra, con la emoción ahogándole y dejándole en silencio.
«Me pregunto si realmente la recuerdas», susurró Dayna, con la voz entrecortada. «Porque yo recuerdo cada pequeño detalle: su risa, su calidez. Ella era la luz misma, y tú la apagaste». Amar a alguien era como cuidar las flores.
Su madre se había ido apagando día a día, y Rhett lo había visto suceder, sin hacer nada, o quizá algo peor.
Rhett se cubrió el rostro con las manos, con la culpa y el dolor destellando en sus ojos. «Fui yo. La defraudé. Os defraudé a las dos…»
La voz de Dayna temblaba mientras luchaba por mantener la compostura. —No me digas eso. Esa disculpa se la debe a ella.
—Me pasaré el resto de mi vida intentando arreglarlo —dijo Rhett, apenas por encima de un susurro—. Lo he destruido todo. Lo siento.
Las lágrimas se desbordaron, resbalando por entre sus dedos mientras se cubría el rostro con ambas manos. Todo su cuerpo temblaba, los hombros sacudidos por la culpa.
Incapaz de soportarlo, Dayna se dio la vuelta, sin atreverse a seguir contemplando su dolor. La habitación se llenó del sonido de su aflicción, densa y descarnada.
Cuando Dayna por fin recuperó la voz, sonó tranquila y firme. «No he venido con las manos vacías hoy. Si de verdad quieres reparar el daño, puedes empezar por decirme la verdad. ¿Quién estaba detrás de todo esto?».
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