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Capítulo 111:
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Había sido testigo de primera mano de cómo Alayna se había enfrentado a Kevin, así que tenía una idea bastante clara de quién saldría ganando. En cuanto a Viola, había cruzado una línea. Esa misma mañana le había dicho que tenía compromisos previos y, aun así, se había presentado en su casa. Pensó que ya era hora de que aprendiera la lección.
Tras la llamada, Edward volvió al salón de banquetes y, tras echar un vistazo rápido, vio a Olivia rodeada de un grupo de personas. Todos estaban brindando y, a juzgar por su estado, ella ya estaba borracha, incapaz de mantenerse en pie; un hombre la sostenía mientras los demás la animaban a beber más. Se le acercaban uno tras otro, y toda la escena era caótica.
La expresión de Edward se ensombreció.
Se abrió paso entre la multitud, apartando a la gente sin dudarlo, y cogió en brazos a una Olivia que se tambaleaba. Luego lanzó una mirada fría al hombre que había estado intentando aprovecharse de ella y le dijo con tono gélido: «Puedes quedarte… si no te importa perder esas manos».
El hombre palideció al instante y salió corriendo. El resto del grupo se dispersó con la misma rapidez, sobresaltado por el repentino regreso de Edward.
Olivia, mareada, se acurrucó contra su pecho, agitando torpemente su copa.
—Venga, mi brindis. ¡Bebe! —balbuceó.
—¿Quieres seguir así? —murmuró Edward, frunciendo el ceño.
Le quitó la copa de la mano y la dejó sobre la mesa más cercana. Con una mano en su cintura, le dio una suave palmadita en la mejilla con la otra.
𝖫е𝗲 𝗹𝗮𝗌 𝘶́𝗅𝘵і𝗆𝘢s 𝘁𝗲ոd𝘦𝗇c𝗂𝗮ѕ 𝘦n nоve𝗹𝗮𝘀4𝗳𝗮𝗻.c𝗼𝘮
«Olivia, ¿sigues conmigo?».
¿Solo se había alejado unos minutos y ya se había emborrachado tanto? ¿En qué estaba pensando?
«No estoy borracha…», insistió ella, intentando zafarse de su abrazo. Pero tras un par de intentos a medias, solo se desplomó aún más contra su pecho.
Edward la miró, sus mejillas sonrojadas, su expresión aturdida, y sintió cómo su enfado se disipaba en un instante. Seguía molesto, claro, pero había dejado de luchar contra ello. Con un suspiro, la tomó en brazos y se dirigió hacia la salida, bajo las miradas atónitas del resto de invitados.
Kingsley, visiblemente conmocionado, dio un paso adelante por impulso, como si quisiera seguirlos. Pero Michelle lo agarró.
—Kingsley, ¿adónde crees que vas?
—Quiero ver cómo está Olivia. ¿Está borracha? —preguntó, tambaleándose ligeramente él mismo.
—¿Ver qué? —espetó Michelle, con el rostro ensombrecido—. ¿No has visto que fue Edward quien se la llevó? Él es quien dijo que era su prometida. ¿Qué sentido tiene ir tras ellos?
Kingsley, borracho e irritado, liberó su mano de la de ella con brusquedad.
—¡Ya lo sé! No hace falta que me lo recuerdes cada cinco segundos.
Michelle perdió el equilibrio por la fuerza del empujón y se estrelló contra la mesa que tenía detrás. Con un chillido, cayó al suelo junto con la torre de copas de champán. El licor se derramó por todo el suelo. La escena provocó un gran alboroto en la sala.
Edward, que acababa de cruzar la puerta con Olivia en brazos, percibió el alboroto y los gritos a sus espaldas, pero ni siquiera se giró para mirar atrás.
«¡Dios mío, eso es sangre! ¡Michelle, estás sangrando!»
«¡Sangre…!»
«Michelle… Michelle, ¡no me asustes así!»
En medio del caos general, Edward percibió una voz débil y tenue.
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