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Capítulo 965:
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Sin embargo, Jake insistió: «Pero está sola ahí atrás y, en su estado actual, podría hacer algo precipitado. Si te responde bruscamente, tómatelo con calma. Hablaré con ella más tarde. Además, como su médico, es importante que establezcas una relación con ella. ¿De qué otra manera va a cooperar durante sus tratamientos? Conductor, por favor, deténgase».
El coche se detuvo.
Jake permaneció en silencio, con la mirada fría clavada en Lacey.
Sin decir palabra, Lacey se dio cuenta de que no tenía otra opción que irse. La reticencia le apretaba el corazón. Justo cuando tenía la oportunidad de estar a solas con Jake, se le escapó de las manos. La amargura hacia Elma hervía en su interior, pero enmascaró sus emociones.
Con un suspiro de resignación, Lacey salió del coche. Apenas tuvo tiempo de expresar su decepción antes de que Jake asintiera bruscamente al conductor y el coche arrancara.
Mientras Lacey veía cómo se desvanecían las luces traseras, le empezó a doler la cabeza y se dirigió de mala gana hacia el coche que iba detrás.
En ese momento, la ventanilla del coche se bajó y Elma le dedicó a Lacey una sonrisa pícara.
Esa sonrisa envió un escalofrío helado a través de Lacey. Ella alcanzó la manija de la puerta, solo para encontrarla obstinadamente cerrada.
La oscuridad cruzó los rasgos de Lacey mientras lo descubría. Sus dientes se apretaron con frustración mientras emitía una fuerte amenaza.
«Elma, tu padre me confió que te vigilara. Si no abres esta puerta, ¿te das cuenta del problema en el que te meterás?»
La respuesta de Elma fue una risita despreocupada.
«¡Como si tuviera miedo!».
El rostro de Elma estaba impregnado de desafío, sus labios curvados en una sonrisa burlona.
«¿Estás enfadada? Pues deberías. Eso es exactamente lo que te mereces por entrometerte en la relación de mis padres», declaró con voz aguda y borde.
La brisa fría barría la calle y Lacey se estremeció involuntariamente. Se arrepentía de haberse vestido tan ligera solo para parecer pulcra. El frío la carcomía, pero la hostilidad de Elma le dolía aún más.
A pesar de la ira que hervía bajo su compostura, Lacey sabía que tenía que andar con cuidado.
—Elma, lo has entendido todo mal —comenzó, suavizando su tono con esfuerzo—.
«Tus padres ya estaban separados antes de que yo apareciera en escena. No soy una intrusa que les arruine la vida. Y seamos justos. Tu madre probablemente también tiene admiradores, ¿no? Te estoy diciendo la verdad. No soy una rompehogares».
La voz de Lacey se hizo más insistente mientras señalaba el coche.
«Por favor, déjame entrar. Puedo explicarlo todo si me das la oportunidad. Si me dejas aquí fuera, tu padre se enfadará aún más. Y créeme, no quieres verle cuando está enfadado, ¿verdad?».
Los ojos de Elma brillaron con una hielada diversión y soltó una fría carcajada.
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