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Capítulo 955:
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Al ver la expresión obstinada de Calvin, Jake no pudo evitar recordar su propia juventud.
Kallie, claramente incómoda, rompió el silencio.
«Calvin, no seas grosero. Es tu padre. Al menos salúdale».
Pero por primera vez, Calvin desafió abiertamente las palabras de Kallie. Soltó un resoplido silencioso, y su actitud gélida dejó clara su desaprobación.
Kallie miró a Jake en señal de disculpa.
—Lo siento. Yo no le dije que se comportara así. Ya sabes cómo son los niños. Solo se acercan a los que están a su alrededor.
Jake apartó la mirada y habló pensativo.
—Lo entiendo. Es culpa mía por decepcionarlos.
De todos los que estaban en la mesa, Sophie parecía la más conflictiva. Tenía vívidos recuerdos de la relación que una vez tuvieron sus padres y de los tiernos momentos que había compartido con Jake. Pero no podía entender por qué Jake y Kallie se habían separado. Durante años, Sophie había sido testigo de la constante búsqueda de Jake por parte de Kallie, de su obsesión por aferrarse a la esperanza de que Jake todavía estuviera vivo, incluso hasta el punto de consultar a un terapeuta.
Ahora, como una adolescente mayor y más reflexiva, Sophie no podía desentrañar sus emociones hacia su padre. Antes de que el grupo se sentara, le dijo a Kallie: «Mamá, no me encuentro bien. ¿Puedo irme a casa, por favor?».
La preocupación se reflejó en el rostro de Kallie.
«¿No te encuentras bien? ¿Dónde te duele? ¿Quieres que te lleve al hospital?».
Sophie lanzó una mirada fugaz a Jake antes de apartar la vista, con un mensaje claro.
Jake hizo una pausa a mitad de sorbo de su café, sintiendo un peso incómodo asentarse en su pecho. No quería presionar a Sophie, así que forzó una sonrisa.
«¿Qué tal si asigno un guardaespaldas para que te lleve al hospital? ¿O a casa, si prefieres descansar?».
Sophie negó con la cabeza, su tono educado pero distante.
«Está bien. Puedo manejarlo yo misma».
Jake hizo una mueca ante el tono glacial de su hija.
Kallie miró entre Jake y Sophie, suspirando por dentro. Se dio cuenta de que Sophie estaba siendo testaruda, sin ningún deseo real de irse. Después de estar separada de su padre durante tanto tiempo, Sophie debía de echarle de menos. Pero las cosas habían cambiado.
En ese momento, Elma dio un paso adelante, tirando de la mano de Sophie y suplicando: «¡Sophie, no te vayas! No será lo mismo sin ti. Quédate y juega conmigo, ¿por favor?».
Sophie, que rara vez le negaba nada a su hermana pequeña, casi se ablandó al ver la expresión esperanzada de Elma.
«La verdad es que no me apetece comer».
«¡No pasa nada!», gorjeó Elma, impertérrita.
«Hay un parque infantil cerca. ¿Quieres venir a jugar conmigo? ¡Por favor, no te vayas!». Sophie sabía exactamente lo que estaba pensando Elma. Le pellizcó la mejilla con cariño.
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