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Capítulo 73:
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—Mamá, ¿por qué estás fuera? —preguntó Kayden en francés, frunciendo el ceño—. Aquí está lloviendo mucho. La tía Jewel ha dicho que hay una gran tormenta.
Elisa se quedó mirando la pantalla.
La visión de aquel carita pequeña y perfecta fue como una descarga eléctrica que le llegó directamente al corazón. El callejón helado, el dolor en los pies, el recuerdo del rostro cruel de August. Todo ello se desvaneció, se evaporó al instante ante la fuerza pura y abrumadora del amor de una madre.
Elisa esbozó una sonrisa con los labios temblorosos. Se tragó el nudo que tenía en la garganta, luchando por mantener la voz firme.
«Estoy bien, mon petit chou», respondió en francés, con voz suave y llena de amor desesperado. «Se me ha averiado el coche. Solo estoy esperando bajo un tejado a que venga un amigo a recogerme».
Kayden se inclinó hacia la pantalla. Poseía una inteligencia emocional muy superior a la de su edad. Vio el pelo mojado pegado a la frente de Elisa. Vio el tono pálido y azulado de sus labios.
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«Tienes mucho frío, mamá», dijo Kayden, bajando su vocecita hasta convertirla en un susurro serio. «¿Por qué pareces triste? ¿Es por culpa del hombre ruidoso de la casa grande?».
Aquella pregunta inocente hizo añicos las últimas defensas de Elisa. Un sollozo se le escapó de la garganta. Rápidamente se tapó la boca con la mano, mientras las lágrimas le corrían sin control por el rostro.
«No, cariño», sollozó Elisa, negando con la cabeza. «Nadie puede entristecer a mamá. Mamá solo está… cansada».
Kayden extendió la mano y apoyó su pequeña mano contra el cristal de la pantalla, como si intentara secar las lágrimas de Elisa a través de la conexión digital.
«No llores, mamá», dijo Kayden con firmeza, sacando la barbilla con una terquedad que reflejaba a la perfección la de la propia Elisa. «Cuando sea mayor, construiré un paraguas gigante. Uno de metal. Y cubriré toda la ciudad para que nunca más te llueva encima».
Elisa soltó una risa sincera y entre lágrimas.
Su calidez se extendió por su pecho, derritiendo el hielo de sus venas.
Miró a su hija. Esa niña preciosa, brillante y perfecta era suya. Ella era la razón por la que Elisa había sobrevivido los últimos cinco años. Ella era la razón por la que Elisa tenía que sobrevivir esa noche.
«Sé que lo harás, mi valiente niña», susurró Elisa, presionando sus propios dedos fríos contra la pantalla, junto a la mano de Kayden.
Elisa se agachó y colocó la caja de música de madera dentro del encuadre de la cámara.
«Mira lo que he conseguido hoy», dijo. «Pertenecía a tu abuela. Te la he guardado».
Kayden abrió mucho los ojos, maravillada. Lanzó un beso hacia la pantalla. «Es preciosa. Guárdala bien, mamá».
«Lo haré», prometió Elisa. «Lo guardaré todo bien. Ahora vete a dormir. Nos vemos pronto».
«Je t’aime, Maman», susurró Kayden.
«Je t’aime plus», respondió Elisa.
La pantalla se quedó en negro.
Elisa se quedó sentada en el callejón durante un largo rato, mirando fijamente el cristal negro del teléfono.
Los violentos escalofríos habían cesado. El frío seguía ahí, pero ya no sentía como si la estuviera matando. Se sentía como una forja.
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