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Capítulo 344:
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En ese momento de destrucción total, el pánico de Allena se transformó en una malicia desesperada. Necesitaba un chivo expiatorio. Necesitaba un salvavidas.
La mirada de Meredith se desvió, atravesando su rabia como un fragmento de hielo al divisar a Elisa, que permanecía tranquilamente junto al mostrador. La catalizadora. En la mente de Meredith, si August no hubiera estado tan obsesionado últimamente con proteger los intereses de esta arquitecta, nunca habría analizado con tanta dureza los fallos de Julian. La mujer mayor entrecerró los ojos, y una luz calculadora y peligrosa sustituyó a la rabia ciega. A Meredith no le importaba la verdad; lo que le importaba era tener una baza. Asintió bruscamente a sus guardias, que se hicieron a un lado.
Allena se puso en pie a toda prisa. Aprovechando la oportunidad, se abrió paso a trompicones entre los guardias de Meredith, que la dejaron pasar, y corrió hacia Elisa.
Elisa no se movió. Observó cómo se acercaba Allena con ojos fríos y sin vida.
Allena se detuvo a unas pulgadas de Elisa. Tenía el rostro desfigurado por las lágrimas, el maquillaje y la sangre. Se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro frenético y venenoso que solo Elisa podía oír.
—«Galería de Antigüedades Ainsworth» —siseó Allena, con el aliento caliente sobre el rostro de Elisa—. «Mi madre forma parte de su junta directiva, Elisa. Hemos encontrado tu pequeño escondite. Un error sentimental para alguien tan “brillante”».
Un escalofrío se apoderó del pecho de Elisa, no por miedo, sino por un riesgo calculado que había salido mal. Se había asegurado los activos legales, pero estos eran los diarios personales de Phineas, el único vestigio del alma de su familia que le quedaba.
La Galería Ainsworth era una cámara acorazada independiente de alta seguridad. Elisa había pensado que era el único lugar al que la influencia de August no podía llegar. Pero había subestimado el alcance de la familia Sinclair: la madre de Allena formaba parte del consejo de administración de la galería. Era allí donde Elisa había trasladado en secreto los pocos objetos que quedaban de su abuelo, Phineas, para mantenerlos a salvo de August.
—Vas a dar un paso al frente y decir ante las cámaras que estas fotos son falsificaciones generadas por IA que tú misma has creado para tenderme una trampa —siseó Allena—. Niega su autenticidad o me encargaré de que el legado de tu abuelo queme en cenizas antes incluso de que llegue la policía».
𝗟a𝘴 𝗇𝗈𝘃𝖾𝗅аѕ m𝘢́s 𝘱𝗼𝗉𝘶𝗅𝖺𝗿e𝘀 eո n𝘰𝗏е𝘭а𝘀4f𝘢𝗻.cо𝗆
Elisa miró fijamente a los ojos de la mujer que había intentado destrozar su vida pieza a pieza. El dolor físico en la columna vertebral no era más que un zumbido sordo comparado con la aguda constatación de que Allena estaba lo suficientemente desesperada como para reducirlo todo a cenizas.
Todo el vestíbulo observaba, a la espera de su respuesta.
El sabor denso y metálico de la adrenalina inundó la boca de Elisa.
El aliento de Allena era cálido y olía a cobre debido a su labio sangrante. La amenaza flotaba en el aire entre ellas, aguda y letal. Allena acababa de amenazar con utilizar el fideicomiso familiar para hacerse con la Galería de Antigüedades Ainsworth: las últimas piezas que quedaban del legado de su abuelo.
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