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Capítulo 369:
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«Inclínate hacia delante», le ordenó con voz temblorosa.
Kaelen gimió, pero obedeció, desplazando el peso del cuerpo. Willow soltó un siseo al ver la sangre que empapaba su costado. Trabajó con rapidez, con las manos temblorosas pero con movimientos precisos —habilidades que había aprendido observando a Evelyn—. Cubrió la herida, aplicó presión y fijó el vendaje.
Kaelen siseó entre dientes, con los nudillos en blanco mientras agarraba el volante.
«Lo siento, lo siento», susurró Willow.
—No pasa nada —exhaló él, dejándose caer hacia atrás cuando ella terminó—. Es mejor que morir.
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Willow se sentó sobre los talones y se limpió la sangre de las manos en la hierba. La adrenalina estaba desapareciendo, dejándola temblorosa. Miró a Kaelen: aquel chico peligroso y destrozado que, supuestamente, formaba parte del mismo mundo que estaba ahuyentando a Evelyn.
—¿Por qué estás aquí, Kaelen? —preguntó en voz baja. «¿En serio? Si el refugio se ha visto comprometido, hay una docena de sitios más».
Kaelen giró la cabeza para mirarla. Los analgésicos o la pérdida de sangre habían despojado a Kaelen de sus defensas habituales. Parecía vulnerable.
«Porque este es el único lugar donde no podían localizarme», dijo. «Y porque… quería verte».
A Willow se le cortó la respiración. «No deberías decir cosas así si no las sientes de verdad».
«Ahora mismo no tengo fuerzas para mentir, Willow», murmuró Kaelen. Su mirada se desvió hacia el asiento del copiloto, donde descansaba un elegante casco de moto negro.
«Has cambiado de coche», señaló Willow, tratando de distraerse de la intensidad de su mirada. «Pero te has quedado con el casco».
—La fuerza de la costumbre —dijo Kaelen—. Y… la esperanza.
—¿A quién esperabas? —Willow se acercó, invadiendo el espacio personal que dejaba la puerta abierta del coche.
Kaelen levantó la vista hacia ella. La farola de arriba parpadeaba, proyectando sombras sobre los ángulos marcados de su rostro. —A alguien que se merezca algo mejor que un tipo desangrándose en un aparcamiento.
El autodesprecio en su voz le partió el corazón a Willow. No lo pensó dos veces. Extendió la mano y le acarició el rostro con la mano limpia. Su piel estaba fría, su barba incipiente le rozaba áspera la palma.
«Quizá a ella no le importe lo de “mejor”», susurró Willow. «Quizá solo te quiera a ti».
Kaelen se quedó inmóvil. Le miró los labios y luego a los ojos. Detrás de su mirada oscura se libraba una batalla: el deber contra el deseo, la seguridad contra la necesidad.
—Willow —le advirtió, con un grave retumbar en el pecho—. Soy peligroso.
—Lo sé —dijo ella.
Se inclinó y lo besó.
Al principio fue un beso vacilante, una pregunta. Kaelen se quedó paralizado, con el cuerpo rígido. Entonces, un gemido le vibró en la garganta. Levantó una mano, enredándola en su pelo, y la atrajo hacia sí. Le devolvió el beso con una intensidad desesperada y hambrienta, con sabor a hierro y lluvia.
Por un instante, el miedo, las Sombras, la sangre… todo se desvaneció.
Entonces Kaelen se apartó, jadeando. Apoyó la frente contra la de ella.
«Vete», susurró con voz áspera. «Antes de que no pueda dejarte marchar».
Willow se apartó, con un hormigueo en los labios. Miró la sangre de sus manos y luego a él.
«Mantente con vida, Kaelen», dijo.
Se dio la vuelta y corrió de vuelta hacia las residencias, dejándolo solo en la oscuridad.
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