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Capítulo 344:
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Cuando Alexander regresó al ático, las luces estaban atenuadas. Sonaba música suave: jazz, bajo y lento.
Evelyn estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta, leyendo un libro sobre diseño de interiores.
«Has vuelto pronto», dijo ella, sonriendo.
«Echaba de menos a mi mujer», respondió Alexander, sentándose a su lado. «Y tengo algo para ti».
Sacó una cajita del bolsillo.
Evelyn lo cogió y lo abrió. Se le cortó la respiración.
«Mi medallón», susurró. «¿Cómo…?»
«La madre de Julian lo encontró», explicó Alexander. «Es tuyo. Ha vuelto a casa».
Evelyn abrió el medallón y vio el rostro de su padre. Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de sanación.
«Gracias», dijo ella, apretándolo contra su pecho.
Alexander la observó un momento y luego metió la mano en su propio bolsillo. Sacó el colgante de jade: el que ella había aceptado allá en Suiza, el que había desencadenado todo este lío.
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Lo sostuvo por el cordón. Reflejaba la luz, verde y antiguo.
«Y esto», dijo Alexander en voz baja. «Lo has tenido guardado en la caja fuerte desde que volvimos».
Evelyn miró el jade. «No estaba preparada para ponérmelo. No mientras Eleanor siguiera ahí fuera. Me parecía… peligroso».
«¿Y ahora es peligroso?», preguntó Alexander.
Evelyn negó con la cabeza. «No. Ahora solo me parece la verdad».
—Entonces déjame ponértelo —dijo Alexander.
Ella se dio la vuelta, apartándose el pelo. Alexander le abrochó el cierre alrededor del cuello. La piedra fría se posó sobre su piel, justo encima del corazón.
—Te queda bien —dijo él, besándole la nuca—. La chica de la mina. La mujer del ático. Ambas eres tú.
Evelyn tocó el colgante. «Pasado y futuro», susurró, repitiendo las palabras que él había dicho hacía unos días.
Alexander apoyó la cabeza en su hombro.
«¿Y ahora qué pasa, Alexander?», preguntó Evelyn, volviéndose hacia él.
«¿Ahora?», Alexander la besó en los labios. «Ahora vivimos. Tenemos que prepararnos para la llegada de un bebé. Tenemos una empresa que dirigir. Y creo que tenemos una habitación infantil que pintar de verde menta».
Evelyn se rió. «Estás realmente obsesionado con el verde menta».
«Es un color relajante», insistió él. «Y necesitamos relajación».
Se quedaron allí sentados mientras las luces de la ciudad centelleaban bajo sus pies. La tormenta había pasado. Los enemigos se habían ido. Las mentiras habían quedado al descubierto.
Lo único que quedaba era la verdad.
«¿Alex?»
«Soy feliz», susurró ella.
Alexander sonrió y la atrajo hacia sí. «Yo también, Ev. Yo también».
Afuera, el viento aullaba inofensivamente contra el cristal. Dentro, todo era cálido y seguro, y apenas estaba empezando.
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