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Capítulo 334:
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El pasillo que daba al salón de baile estaba flanqueado por espejos, que reflejaban las secuelas de la demolición que acababan de llevar a cabo. Evelyn caminaba a paso rápido, con sus tacones resonando sobre el mármol como disparos; la adrenalina del enfrentamiento por fin empezaba a remitir, dejando a su paso el agotamiento.
«Evelyn, ve más despacio».
Alexander estaba justo a su lado. No la agarró, pero su presencia era un muro protector que la resguardaba de las miradas curiosas del personal del catering. Se adaptó a su ritmo, con su mano buena suspendida cerca de la parte baja de su espalda, listo para sujetarla si tropezaba.
Evelyn redujo el paso y respiró hondo. Se llevó una mano al estómago, un gesto reflejo al que aún se estaba acostumbrando.
—¿Ya está todo hecho? ¿Lo hemos conseguido todo?
—La policía está esperando a Eleanor en la entrada de servicio —confirmó Alexander, con voz baja y sombría—. Julian está coordinándose ahora mismo con la fiscalía. Tienen los expedientes físicos que recuperamos de la Fundición. Esta vez no hay margen de maniobra.
—Bien —exhaló Evelyn, y la tensión de sus hombros se relajó un poco—. No podía soportar mirarla ni un segundo más. La forma en que intentaba sonreír… era repugnante.
—Lo has hecho bien —dijo Alexander, suavizando el tono—. Se ha acabado, Ev. Hemos hecho borrón y cuenta nueva.
Julian Thorne salió de entre las sombras cerca del guardarropa. No estaba al acecho; formaba parte del equipo de seguridad, y sus ojos escaneaban el pasillo con distanciamiento profesional. Llevaba un traje oscuro y un auricular enrollado detrás de la oreja.
«El coche está listo en la salida lateral», dijo Julian, colocándose al otro lado de Evelyn. «El equipo de control de multitudes está teniendo problemas con los paparazzi en la entrada principal, pero la ruta lateral está despejada. Hemos mantenido a la prensa alejada de las puertas de servicio».
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Alexander asintió a Julian. No había celos en sus ojos, solo el respeto mutuo de soldados que habían luchado en la misma trinchera.
«Buen trabajo, Julian. ¿Está abierta la línea segura con el hospital? Quiero que el doctor Evans esté a la espera por si acaso».
«Ya está hecho», respondió Julian. «Está esperando tus noticias. Ha visto la retransmisión en directo del discurso».
Justo cuando llegaron a las puertas dobles, estas se abrieron de golpe a sus espaldas.
No era Scarlett —ella estaba a salvo tras las rejas—, sino una desaliñada Eleanor Sharp, flanqueada por dos guardias de seguridad desconcertados que intentaban contenerla sin emplear fuerza excesiva.
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