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Capítulo 54:
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Nadie discutió. Los supuestos matones se levantaron a toda prisa y salieron corriendo tan rápido como pudieron.
Johnny solo podía mirar boquiabierto, sin poder creer lo que veía. «¿Cómo has…? ¿Dónde has aprendido…?»
Nunca había visto nada igual. En su mente, Grace era una chica amable, siempre cuidadosa de no molestar a nadie. Nadie habría imaginado que fuera capaz de defenderse en una pelea. Si no lo hubiera presenciado con sus propios ojos, habría jurado que era imposible.
Grace se limitó a encogerse de hombros. «Resulta que he aprendido algunos trucos», dijo con naturalidad, como si no fuera nada especial.
«No le digas ni una palabra de esto a mamá», murmuró Johnny, moviéndose incómodo de un lado a otro.
«Claro». La mirada de Grace se desvió hacia Beatrice. Había algo en aquella mujer que le hacía saltar unas silenciosas alarmas en la mente. Era bastante guapa, pero esos ojos inquietos no la miraron a los ojos ni una sola vez.
«G-gracias… de verdad, gracias a los dos…», balbuceó Beatrice, retorciéndose las manos mientras le temblaba la voz. «Si no hubierais aparecido, yo… no sé qué habría pasado… »
Johnny intentó calmar su preocupación. «Ya estás a salvo. Te acompañaré a casa, no te preocupes». Antes de marcharse, lanzó una mirada por encima del hombro a Grace. «Ve por delante. Y recuerda: que esto quede entre nosotros. No se lo cuentes a mamá ni a papá».
Sin decir mucho más, Johnny y Beatrice desaparecieron por la calle. Grace se encogió de hombros. Al fin y al cabo, solo eran compañeros de clase, y no era problema suyo.
El camino a casa transcurrió en silencio y sin incidentes.
Mientras tanto, Dominick recibió una noticia del mercado clandestino que lo dejó atónito.
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«¡Señor, hay noticias maravillosas! ¡El Dr. Q ha aceptado la solicitud de consulta!». La voz de Dominick temblaba de emoción apenas contenida.
Colton apenas pudo ocultar su asombro al asimilar el mensaje. Prácticamente se había perdido toda esperanza en lo que respecta al Dr. Q. Su plan B había sido acudir a Grace, sobre todo porque una sola de sus pastillas ya había empezado a eliminar las toxinas de su organismo.
Ahora que la Dra. Q había accedido a reunirse, el giro de los acontecimientos le parecía poco menos que milagroso.
Se rumoreaba que la aceptación de la Dra. Q se debía únicamente a un fugaz momento de buen humor y a que tenía la agenda libre.
Las mentes brillantes suelen tener sus peculiaridades.
La intriga se apoderó de los pensamientos de Colton, que se sentía más ansioso que nunca por descubrir la verdadera identidad de este genio esquivo.
Hasta ahora, nadie había dejado nunca a Colton con una sensación tan profunda de impotencia. Sin embargo, la Dra. Q lo había conseguido.
Las historias sobre ella circulaban como susurros: su presencia siempre se sentía, pero su rostro nunca se veía, lo que consolidaba su estatus casi mítico en el mundo médico. Se rumoreaba que, con tan solo trece años, había desentrañado el misterio de una toxina neurológica que había dejado perplejos a los expertos durante décadas. A los dieciocho, ya había realizado más de trescientas intervenciones quirúrgicas, cada una de ellas una obra maestra de precisión y complejidad.
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