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Capítulo 301:
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Beatrice no perdió el tiempo y se acercó con paso sigiloso para entregarle el regalo con una dulzura que denotaba práctica. Actuaba como si ya formara parte de la familia.
«Gracias, querida. Es un detalle muy bonito», respondió Ethel, con una voz cada vez más suave. El hecho de que Beatrice llevara en su vientre a un futuro Holden añadía calidez a sus palabras.
Con cuidado, desató el envoltorio, y su alegría era evidente al descubrir una escultura de cristal que reflejaba la luz y brillaba como hielo recién caído. «Es sencillamente impresionante», dijo, con los ojos reflejando un placer genuino.
La sonrisa de Beatrice se amplió mientras añadía: «Es una edición limitada de principios del siglo XIX. Pasé meses buscándola en subastas, y estoy encantada de que te guste».
Un gesto de aprobación con la cabeza por parte de Ethel dejó claro que estaba impresionada. «De verdad te has esforzado. Tengo que decir que me encanta».
De repente, una voz aguda rasgó la agradable escena —bastante suave en apariencia, pero con cada palabra impregnada de veneno—. «¿Hacer pasar una falsificación por un tesoro y mostrarte orgullosa de ello? Hay que tener agallas».
Grace había dado un paso al frente, con la postura relajada, la mirada firme y una sola ceja arqueada en sutil burla. En sus ojos se reflejaba cierta diversión, aunque no lograba ocultar del todo su irritación. Al fin y al cabo, Beatrice se había gastado una fortuna en esa baratija sin valor utilizando la tarjeta de Grace.
Una fortuna esfumada en segundos, todo por una imitación sin valor. Grace calculó mentalmente la pérdida: Beatrice pagaría por ello de una forma u otra.
Había algo casi atrevido en presumir de una falsificación, aunque era el tipo de atrevimiento que pedía a gritos ser ridiculizado.
En un santiamén, la agradable sonrisa de Beatrice se desvaneció, sustituida por una mirada tormentosa. «¿Falsa? Estás diciendo tonterías, Grace. Esa escultura costó más de un millón y venía con toda la documentación».
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Apretó los puños, con cada músculo de su cuerpo tenso, como si apenas pudiera contenerse para no abalanzarse sobre Grace.
Johnny, atrapado en medio, parecía dispuesto a intervenir y defender a Beatrice, pero como el dinero para el regalo procedía de la tarjeta de su hermana, se mordió la lengua.
Su primer instinto había sido elegir algo sentimental del alijo privado de la familia —quizá un cuadro antiguo o una vieja botella de vino que su abuela atesoraba—. Pero Beatrice se había burlado, diciendo que eso no era suficiente. Frustrado, había decidido dejar que se saliera con la suya. Agotar el límite de la tarjeta y acabar de una vez.
El problema era que la tarjeta parecía no quedarse nunca sin saldo.
Lo que empezó como una cena ocasional o un pequeño regalo se había convertido en un hábito: cinco cifras por aquí, seis cifras por allá. Por mucho que gastara, siempre quedaba dinero en la tarjeta.
Las preguntas se arremolinaban en su mente. ¿Acaso Grace se estaba forrando en silencio con el dinero de un fondo fiduciario? ¿Le había dado su madre en secreto una cuenta ilimitada?
La deuda con su hermana debía de haber alcanzado ya una cifra astronómica. Si su madre se enteraba de esto, se metería en un buen lío.
Mientras la mente de Johnny daba vueltas a toda velocidad, Gianna vio su oportunidad y se lanzó de cabeza, como siempre, la instigadora.
«Oh, por favor, Grace. Admítelo. Solo estás molesta porque Beatrice se ha esmerado al máximo con la abuela. ¿Por qué montar tanto drama?»
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