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Capítulo 238:
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Ahora, deslizándose con su nuevo conjunto y cada mechón de pelo perfectamente peinado, Gianna llamaba la atención a diestro y siniestro, empapándose de las miradas de admiración y envidia que la seguían por toda la sala. Su deseo de deslumbrar en el evento superaba cualquier sensación de opresión o incomodidad.
Lizzie apenas podía contener su alegría. «¡Gianna, nunca te había visto tan guapa como ahora!»
Mientras Gianna disfrutaba de ser el centro de todas las miradas gracias a su espectacular vestido, sintió una extraña satisfacción al ser tan admirada. Su respuesta denotó una humildad inusual. «Mi tía Julia siempre sabe qué está de moda. Nunca se equivoca».
Beatrice, por su parte, se disponía a marcharse cuando algo le llamó la atención: un vestido amarillo familiar que le quedaba ceñido a Gianna. Una chispa de reconocimiento la hizo detenerse. ¿No era ese el vestido que Julia había confeccionado con tanto cariño para Grace? ¿Cómo había acabado en manos de Gianna?
Una sonrisa pícara se dibujó en los labios de Beatrice. Evidentemente, Gianna se había metido de lleno en un lío que ella misma se había buscado. No hizo ningún gesto por intervenir, decidiendo que no tenía sentido hacer de buena samaritana. De todos modos, Gianna no la escucharía, así que Beatrice decidió quedarse para ver las inevitables consecuencias.
Arriba, Grace y Adrianna daban los últimos retoques a su peinado y maquillaje. Julia les había enviado un mensaje diciendo que el vestido estaba listo, así que Grace bajó a recogerlo.
El encanto de Grace no necesitaba la ayuda de los cosméticos, pero el glamour añadido solo la hacía más cautivadora, acaparando todas las miradas de la sala. Vestida sencillamente con una camiseta y una falda plisada —su vestido de gala aún sin estrenar—, seguía consiguiendo despertar admiración por todas partes; su belleza era inconfundible incluso con el atuendo más informal.
Los estilistas interrumpieron su trabajo, incapaces de resistirse a echar otra mirada a Grace. Su piel era luminosa, sus rasgos refinados y su rostro tenía ese tipo de simetría que hacía que incluso el mejor maquillaje pareciera innecesario.
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Cuando se dirigió a la recepción para recoger su vestido de gala, una imagen familiar le llamó la atención: Gianna, disfrutando de toda la atención y ataviada con el mismo vestido que Julia había confeccionado para ella. Una sombra se cernió sobre la expresión de Grace, y su estado de ánimo cambió en un instante.
Adrianna, aún ajena al drama, miró de reojo y preguntó: «Grace, ¿qué pasa?». Entonces se dio cuenta de que la mirada de su amiga se había fijado en Gianna.
Aunque el vestido recibía muchos elogios, Grace supo de un vistazo que no le sentaba bien a Gianna.
Paso a paso, Grace acortó la distancia y luego clavó en Gianna una mirada tan fría como el mármol. «Quítatelo», le ordenó, con un tono que no admitía réplica.
La tajante exigencia de Grace dejó a Gianna paralizada por un momento, con la vanidad nublándole la capacidad de responder. Finalmente preguntó: «Perdona, ¿qué acabas de decir?».
Con la paciencia agotándose, Grace repitió lo dicho, con cada palabra afilada como el acero. «Quítate el vestido».
La indignación se reflejó en el rostro de Gianna. «¿Hablas en serio? ¿Esperas que me desnude aquí mismo solo porque tú lo digas?». Su risa resonó, quebradiza y a la defensiva.
Al ver que Grace se mantenía firme, a Gianna le costaba creer que una don nadie se atreviera a hablarle así.
«Te lo digo en serio, ese vestido es mío».
La incredulidad brilló en los ojos de Gianna. Ya se había enfrentado a gente descarada antes, pero esto era un nuevo nivel de audacia.
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