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Capítulo 147:
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James, siempre un hijo obediente y atento, no dudó ni un instante cuando su madre le pidió ayuda. Asintió rápidamente y se dirigió por el pasillo.
No tardó mucho en plantarse frente a la habitación de Grace, con la taza en la mano, llamando suavemente a la puerta. «Adelante».
Ver a James entrar en lugar de a Julia pilló a Grace desprevenida. Ese ritual nocturno de leche y conversación tranquila era el dominio de Julia, un momento único y preciado que ambos esperaban con ilusión.
James cruzó el umbral, esbozando una sonrisa amable. «Mamá está agotada esta noche, así que me ha pedido que me encargue de la leche», explicó, con un tono tranquilo y amable, y los ojos llenos de calidez.
Sin embargo, tras esa amabilidad, Grace percibió algo más: una sensación de distancia, tenue pero inconfundible.
Llevaba ya un tiempo notándolo. Aparentemente, James se comportaba con tanto cariño como cualquier hermano, y sus gestos reflejaban el afecto de sus padres, pero siempre daba la sensación de que se contenía. Su mirada, firme y tranquila, nunca llegaba a perder del todo esa sutil reserva.
Quizá todo fuera solo una actuación por el bien de Julia: James se ponía la máscara del hermano mayor atento porque eso era lo que sus padres esperaban ver. O tal vez, en el fondo, fuera simplemente el tipo de persona que mantenía una sutil barrera entre él y el mundo.
Grace se inclinaba por la primera opción, sospechando que el afecto genuino no formaba parte de la ecuación para James.
Sinceramente, no podía culparlo. Ella seguía siendo la recién llegada allí, y habría sido ingenuo esperar que él la tratara como a una verdadera familiar desde el primer momento. Levantó la taza con un ligero movimiento de cabeza. —Gracias, James. Las palabras eran sencillas, pero educadas.
Un sorbo le proporcionó consuelo: el cuidado toque de Julia se notaba en cada trago cálido y familiar.
James observaba en silencio, con la mirada fija en la pálida mancha de leche en el borde de su labio —un destello fugaz de inocencia que la hacía parecer mucho más joven de lo que solía parecer—.
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Por un instante, el impulso de acercarse y limpiársela casi se impuso, pero la incomodidad se apoderó de él y se contuvo.
Allí estaba ella, envuelta en un pijama rosa, con el pelo húmedo y rizado que le caía suavemente sobre los hombros: una apacible escena doméstica.
Sopesó la idea de ofrecerse a ayudarla a secarse el pelo, con las palabras en la punta de la lengua. El papel que se suponía que debía desempeñar era obvio, pero asumir ese papel le parecía de alguna manera falso. Mejor permanecer en silencio que forzar un gesto que no fuera sincero.
Grace permaneció sentada en silencio, tan indiferente al silencio como siempre, pero se daba cuenta de que James se sentía incómodo con aquella quietud. Decidida a mantener la paz en la casa de los Holden, pensó en romper el silencio, con la esperanza de aliviar cualquier tensión que persistiera entre ellos.
Por extraño que pareciera, nunca había experimentado ese tipo de silencio tenso cuando Colton estaba cerca. Incluso en los momentos de silencio, su presencia resultaba tranquila, natural, como respirar.
Sin embargo, con James —y, a decir verdad, con la mayoría de la gente—, esa sensación de comodidad nunca parecía instalarse.
Al final, James rompió el silencio. —Venga, termínate la leche. Y luego acuéstate temprano. Mañana tienes clase.
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