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Capítulo 546:
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Joy se quedó paralizada, con la mano aún bajo el chorro de agua. Reconoció la desesperación, ese atisbo de pánico que ninguna educación refinada podía ocultar.
Antes de que pudiera asimilarlo, la puerta principal se abrió de par en par. Pasos pesados y costosos. La silueta de un hombre llenó el umbral.
«¿Cuelgas tan pronto?», la voz de Zane Thorne era un ronroneo grave de diversión. Chloe dio un grito ahogado y cortó la llamada.
—¡Zane! Justo estaba…
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—Justo estabas suplicando —la interrumpió él, avanzando hacia ella—. No queda bien. —Le agarró del brazo, con un agarre visiblemente fuerte—. Pero, por suerte para ti, a mí me motiva. —Empezó a empujarla hacia los cubículos.
—¿Qué estás haciendo? ¡Aquí no! —La protesta de Chloe salió como un débil chillido.
—Aquí —la corrigió él, con la voz endureciéndose mientras la empujaba hacia el cubículo para discapacitados situado al fondo—. He hecho que mis hombres registren el lugar… está vacío. Ahora. O tu pequeña empresa desaparecerá mañana.
La puerta del cubículo se cerró de un portazo. Se oyó un sonido suave y rítmico, del tipo que produce un cuerpo contra una pared. Luego, un gemido, interrumpido, deliberadamente ahogado.
La mano de Joy se apartó bruscamente del grifo.
Otro sonido. Tejido rasgándose. Un gruñido grave de hombre, seguido de la voz de Chloe susurrando algo sobre su vestido, su Dior.
El corazón de Joy se estrelló contra sus costillas. Los latidos se intensificaron. Luego, una voz de hombre —áspera y burlona—. «Quieres ese préstamo puente, ¿verdad? Pues deja de comportarte como una princesa y acéptalo».
La sangre de Joy se heló.
No solo estaba escuchando un encuentro sexual. Estaba escuchando una transacción.
Sus dedos se movieron antes de que su cerebro se diera cuenta. Ya tenía el móvil en la mano, con la aplicación de la cámara abierta. Se movía en piloto automático, con años de instinto de supervivencia tomando el control. Pasos silenciosos. Conteniendo la respiración.
La puerta del cubículo tenía una rendija en la parte inferior: una franja de sombra donde el pestillo no había encajado del todo. Un error. Una oportunidad.
Inclinó el móvil.
La pantalla se lo mostró todo. El rostro de Zane, deformado por la crueldad y el placer. Chloe de rodillas, con el vestido arrugado alrededor de la cintura, el rostro convertido en una máscara de necesidad desesperada y humillada.
«Tu padre es un payaso», decía Zane, con la mano agarrada a pelo de Chloe. «Vende a su propia hija como si fuera ganado. Al menos tú sabes lo que vales».
—Por favor —gimió Chloe, y ese sonido le revolvió el estómago a Joy—. El dinero. Envíalo por transferencia mañana mismo. Necesito aplastarla. Necesito aplastar a Isidora.
El pulgar de Joy se cernía sobre el botón de grabar. El pulso le latía con fuerza en la garganta.
Se oyeron pasos en el pasillo. Tacones altos. Dos mujeres hablaban en francés a toda velocidad sobre la misteriosa modelo del desfile final.
Todo el cuerpo de Joy se puso rígido. En el cubículo se hizo el silencio. Podía sentir cómo Chloe y Zane se quedaban paralizados, escuchando.
La puerta del baño se abrió de par en par. Risas. El clic de los polveras. Joy retrocedió hasta el cubículo más cercano, con movimientos fluidos y silenciosos. Cerró la puerta con llave y se apretó contra la fría mampara metálica, con el teléfono apretado contra el pecho.
Las mujeres francesas seguían charlando: algo sobre la fille mystérieuse, la forma en que se había movido, cómo toda la sala había dejado de respirar cuando apareció.
Joy esperó. Un minuto. Dos.
La puerta se abrió y se cerró. Volvió el silencio.
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