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Capítulo 529:
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Solo ella —solo ella— podía llevar «The Starfall».
Joy se puso en pie de un salto, sobresaltando a Pierre. Corrió hacia el teléfono y marcó el número con dedos temblorosos.
La llamada llegó cuando Isidora estaba contemplando una pared llena de muestras de tela; los tonos apagados de su oficina contrastaban radicalmente con el caos que estaba a punto de estallar al otro lado del teléfono. Era última hora de la tarde en Nueva York, la ciudad se iba apagando, pero su día estaba lejos de terminar.
«Hola, Joy», respondió, con una leve sonrisa que se dibujaba en sus labios.
La voz que respondió no era la de su amiga —o al menos no una versión de su amiga que ella reconociera—. Era áspera, entrecortada, destrozada por el pánico. «Isi… estoy acabada…»
Isidora se puso en pie al instante. «¿Joy? ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?»
Un sollozo ahogado, seguido de un torrente de palabras inconexas y frenéticas. Isidora fue reconstruyendo el desastre desde el otro lado del Atlántico: Anastasia, la modelo principal de Joy, había resbalado en un suelo mojado. Una fractura limpia. El tobillo. Y faltaban menos de veinticuatro horas para el desfile de Galloway —la culminación de toda la carrera de Joy—.
«Hemos llamado a todas las agencias importantes de París», sollozó Joy con la voz quebrada. «Pierre se está volviendo loco. Todas las modelos de primera fila están contratadas. Las de segunda fila… Isi, no están a la altura. No pueden con “The Starfall”».
Isidora se quedó inmóvil. Sabía lo que este desfile significaba para Joy. Lo era todo.
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—Isi —la voz de Joy se redujo a un susurro desesperado, el sonido de alguien que había llegado al límite de sus fuerzas—. Por favor. Sálvame. No encuentro a nadie más. Solo tú —solo tu cuerpo, tu presencia— puedes lucir «The Starfall». Por favor, vuela a París. Desfilas por mí. Solo esta vez. Te lo ruego.
La súplica quedó suspendida en el aire.
Isidora se quedó atónita. París. Una pasarela. Era una locura. Ella era una mujer de negocios, una estratega… no una supermodelo. Pero podía percibir la absoluta desolación en la voz de su amiga, el sonido de un sueño que se desvanecía en tiempo real.
No podía negarse. No podía permitir que los años de trabajo de Joy se desmoronaran.
Respiró hondo para tranquilizarse. El caos en su mente se solidificó en una determinación fría y firme.
«Envíame el plan de vuelo de tu jet privado», dijo, recuperando su habitual calma. «Me dirijo al aeropuerto ahora mismo. Estaré allí antes de que amanezca, hora de París».
La explosión de sollozos histéricos y de alivio al otro lado de la línea fue toda la confirmación que necesitaba.
Colgó y se puso en marcha con determinación, sin perder un segundo. Cogió una maleta ya preparada del fondo de su armario y llamó a un taxi.
El Gulfstream G650ER la esperaba en Teterboro. Isidora llegó con diecisiete minutos de antelación, con el pasaporte en una mano y el teléfono en la otra, mientras ya revisaba los archivos que Joy le había enviado. El Starfall: un vestido de seda color medianoche y plumas pintadas a mano, que pesaba once libras y exigía una postura que rayaba en el ballet.
Nunca en su vida había desfilado por una pasarela.
—Señorita Wyatt, despegaremos en diez minutos —dijo la azafata, cogiendo su bolso—. ¿Le puedo traer algo?
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