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Capítulo 521:
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En el ascensor, se apoyó contra la pared espejada y observó cómo su reflejo se multiplicaba hasta el infinito: una mujer con un traje de Tom Ford, con la tumba de una madre muerta en el corazón y un anillo de depredadora esperando en su dedo.
Tenía cuatro días.
Cuatro días para encontrar una solución que no existía. Para escapar de una trampa que se había ido cerrando a su alrededor desde que nació.
Las puertas del ascensor se abrieron. Isidora salió. Su móvil vibró: una notificación de Alice, algo sobre un problema en la cadena de suministro, un proveedor que había incumplido sus obligaciones antes de tiempo.
El estridente timbre de su móvil rompió el silencio matutino. Kevin Garrison lo cogió de la mesita de noche, con la cabeza a punto de estallar. En la pantalla aparecía: Hyman Garrison. Su padre.
Contestó con un gruñido sordo. «¿Qué?»
«Tienes una cita». La voz de Hyman era fría como el acero, desprovista de amabilidades. «El miércoles. Vera Wang».
A Kevin se le hizo un nudo en el estómago. «No creo que…»
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«A las diez de la mañana. Acompañarás a Isidora Wyatt a su prueba de vestido de novia. Te fotografiarán. Sonreirás». Un instante de silencio, cargado de amenaza. «O el viernes te encontrarás con tu fondo fiduciario congelado, tus tarjetas de crédito rechazadas y tu nombre eliminado del membrete del Grupo Garrison».
Se cortó la línea.
Con un rugido de frustración, Kevin lanzó el teléfono al otro lado de la habitación. Rebotó contra el lujoso sofá y aterrizó sobre la alfombra.
—¿Quién era? —Chantelle Preston salió del dormitorio, envuelta en una bata de seda que se ceñía a sus curvas. Parecía suave a la luz de la mañana—. Cariño, pareces estresado. ¿Quién ha enfadado a nuestro grandullón? —Se deslizó hacia él, con una voz melosa como un ronroneo, y empezó a trazar lentos círculos sobre su pecho.
—¿Quién crees que ha sido? —espetó Kevin, apartándole la mano—. Esa… esa Isidora Wyatt. Tengo que llevarla a una prueba de vestido de novia. Solo de pensar en estar en la misma habitación que ella me dan ganas de vomitar.
Pronunció las palabras con auténtico asco, pero su mente lo traicionó, llenándose de imágenes no deseadas.
Recordó los Hamptons: la impactante fuerza de su pie al conectar con su pecho, que lo había hecho caer al suelo de un solo y brutal puntapié. Recordaba el circuito de Fórmula 1, la forma en que ella le había esgrimido aquel vídeo en la cara y lo había obligado a arrodillarse en una humillación pública, con los ojos ardiendo con el fuego frío de una reina que inspecciona el territorio conquistado.
Esos recuerdos retorcían sus sentimientos hasta convertirlos en un nudo de puro odio mezclado con una curiosidad humillante e involuntaria. La odiaba. Y, sin embargo, también se sentía hipnotizado por la mujer que le había superado en todo momento.
Para su propio horror, una parte secreta y vergonzosa de él ya estaba esperando con ansias el miércoles. Quería ver cómo le quedaría a esa mujer —esa criatura de contradicciones— un vestido de novia.
Ese pensamiento le llenó de tal rabia y vergüenza que le ardían las mejillas. No podía sentirse atraído por esa mujer. No lo estaría.
Para luchar contra ese sentimiento, para aplastarlo antes de que echara raíces, una idea maliciosa surgió en su mente. Agarró a Chantelle por la muñeca, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa cruel.
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