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Capítulo 489:
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Cuando se dio la vuelta, era un hombre diferente.
El depredador había desaparecido. La criatura desesperada y violenta que la había acorralado contra la pared… se había desvanecido. En su lugar se encontraba Cedrick Garrison, director ejecutivo de Garrison Group. El tirano más temido de Wall Street. El hombre que destruía empresas y arruinaba vidas sin levantar jamás la voz.
Sus ojos eran de hielo. Su expresión parecía tallada en mármol.
—No te acerques a Victoria Dupont —dijo. Su voz era monótona y carecía por completo del ardor que había ardido entre ellos unos instantes antes.
Isidora apretó con fuerza el pomo de la puerta. —¿Temes que arruine tu alianza política?
—Temo que hagas alguna estupidez que me obligue a arreglar el desastre. —No dio un paso hacia ella. No le hacía falta. La distancia entre ellos parecía un abismo, y él se encontraba al otro lado, mirándola como si no fuera nada. «Tus mezquinos celos, tus patéticos planes… están por debajo de mi nivel. No los metas en mis acuerdos de negocios».
Esas palabras le dolieron más que cualquier golpe físico.
Insignificantes. Patéticos. Por debajo de su nivel.
Isidora levantó la barbilla con determinación. «Ni se me ocurriría entrometerme con tu perfecta princesa de Washington. Os merecéis el uno al otro».
«Y tú te mereces a Kevin». Arqueó los labios. «Una pareja hecha en el cielo. «
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«Al menos él es sincero sobre lo que quiere».
«¿Lo es?». Esa mirada fría y evaluadora la recorrió como si fuera una cartera de acciones en caída libre. «¿O es simplemente demasiado estúpido para ocultarlo?».
La mano libre de Isidora se cerró en un puño. Estaba cansada. Tan cansada… de luchar contra él, de desearlo, de odiarse a sí misma por ambas cosas.
Se volvió hacia la puerta. «Adiós, Cedrick».
«Una cosa más».
Su mano abrió la puerta una pulgada, dos pulgadas…
«Julian Sinclair», dijo Cedrick, con una voz que atravesó el espacio como un látigo. «Sé que te reuniste con él en Boston. Sé que consideraste su oferta».
Isidora se quedó paralizada.
«Considera esto tu única advertencia», continuó Cedrick, con cada palabra precisa y deliberada. «Si alguna vez intentas utilizar a otro hombre en mi contra, no seré tan indulgente. El imperio naviero de su familia… desaparecerá. Su reputación… quedará destruida. Su vida… arruinada. Y será culpa tuya. Cada dólar perdido, cada momento de sufrimiento, porque pensaste que podías jugar conmigo».
Se dio la vuelta. «Yo no estaba…»
«No mientas». Se acercó a ella con pasos lentos y deliberados. «Los dos sabemos lo que eres, Isidora. Una aprovechada. Una manipuladora. Una mujer que intercambia influencia por poder y luego finge sentirse ofendida cuando alguien lo señala».
La crueldad de aquellas palabras le cortó la respiración.
Se quedó mirando a aquel desconocido con el rostro de Cedrick y sintió que algo dentro de ella se agrietaba. No se rompía —estaba demasiado endurecida para eso, demasiado templada por años de supervivencia—. Pero se agrietaba. Se astillaba.
Y a través de esa fisura, surgió un pensamiento.
La sangre en su cuello. La forma en que se había movido cuando su rodilla le había dado de lleno. La rigidez apenas perceptible a lo largo de su costado izquierdo, invisible a menos que supieras exactamente dónde mirar.
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