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Capítulo 452:
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«Kael. Soy yo». Su voz era fría y dura, completamente despojada de su acento del Upper East Side.
La música de fondo se cortó. Una risa grave y despectiva salió por el altavoz. «Vaya, vaya. Si es Chantelle. ¿Se han cansado por fin los chicos multimillonarios de tu cara?».
«Cállate», espetó Chantelle. «Tengo un trabajo para ti».
Kael resopló. «Mis tarifas han subido, princesa».
«Medio millón de dólares», dijo Chantelle sin pestañear. Era cada céntimo que había conseguido ahorrar de Kevin durante el último año.
Se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. La codicia sustituyó al instante a la burla en la voz de Kael. «¿A quién quieres en silla de ruedas?».
Chantelle miró por la ventana del hospital hacia el resplandeciente horizonte de Manhattan. Su corazón era un agujero negro de celos y odio. Achacaba la frialdad de Kevin por completo a su prometida.
«No quiero una silla de ruedas», dijo Chantelle, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal. «Quiero un accidente. Quiero que una mujer llamada Isidora Wyatt desaparezca por completo de esta ciudad».
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Isidora permanecía paralizada tras su pesado escritorio de cristal en la sede de L’Iris en Manhattan.
Tenía la mirada clavada en la brillante pantalla del ordenador, donde un único correo electrónico esperaba en su bandeja de entrada marcado con un llamativo signo de exclamación rojo. El aire de la oficina se sentía enrarecido. Cada vez que inhalaba, sentía un nudo en el pecho. El recuerdo de Cedrick empujándola contra la encimera de la cocina la noche anterior aún le quemaba entre los omóplatos. Él había invadido su último refugio —y la presión asfixiante de aquella intrusión era idéntica a la sensación que le provocaba el informe financiero que tenía ahora delante—. Ya fuera Cedrick con su dominio físico o Zane Thorne con su dinero negro, todos intentaban encerrarla en una jaula. Y ella preferiría morir antes que estar enjaulada.
La pesada puerta de cristal se abrió de un empujón.
Aria entró corriendo, con sus tacones golpeando la moqueta a un ritmo rápido y frenético. Llegó al escritorio y dejó caer con fuerza un grueso informe de análisis financiero sobre la superficie de cristal, con el rostro completamente pálido.
—Acaba de llamar Sephora —dijo Aria, con voz temblorosa—. El director de compras de Norteamérica ha cancelado unilateralmente nuestro contrato de exposición de otoño.
A Isidora se le hizo un nudo en el estómago. Apartó la vista del correo electrónico en rojo y miró el informe. «¿Cuál es el motivo exacto de la rescisión?».
Aria lo abrió de un golpe y señaló con un dedo tembloroso un memorándum interno. «El Grupo Wyatt acaba de comprar todos y cada uno de los espacios publicitarios premium que posee Sephora», dijo, respirando entrecortadamente. «Ofrecieron un recargo del treinta por ciento por encima del precio de mercado. Pagado en efectivo. Por adelantado».
Isidora apretó la mandíbula. «Eso es imposible. Conozco los libros de contabilidad de mi padre. El flujo de caja del Grupo Wyatt se ha agotado por completo. No pueden permitirse un gasto de marketing tan desmesurado como este».
Aria pasó a la última página y señaló una línea resaltada: el nombre de una sociedad ficticia offshore registrada en las Islas Caimán.
Isidora se quedó mirándola fijamente. Un escalofrío glacial le recorrió la piel.
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