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Capítulo 451:
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Se le revolvió el estómago. Un recuerdo vívido le vino a la mente: la Gala del Met. Aquella mujer enmascarada que le había dejado sin aliento. El aroma puro y embriagador del iris que se había adherido a su piel como una segunda naturaleza.
Bajó la mirada hacia Chantelle. El perfume intenso, el aferrarse desesperado, las lágrimas ensayadas.
La lujuria que una vez había sentido por ella se evaporó por completo, sustituida por un frío asco fisiológico. De repente, todo en ella le parecía barato.
Chantelle notó cómo se le ponía rígido el cuerpo. Se apartó, mirándolo con los ojos muy abiertos y brillantes, y se acurrucó contra él. «¿Kevin? ¿Qué te pasa? ¿No me echas de menos?»
Una oleada de náuseas lo invadió. La agarró por los brazos y dio un paso atrás, creando distancia entre ellos.
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«Estoy agotado, Chantelle. La empresa está en crisis», dijo Kevin. Su voz sonaba completamente hueca.
Chantelle se quedó mirando fijamente sus ojos fríos y vacíos. Una violenta oleada de terror le atravesó el pecho.
Su fuente de ingresos estaba a punto de agotarse.
La pesada puerta de la suite VIP del hospital se cerró con un clic. Los pasos de Kevin se desvanecieron por el pasillo.
Chantelle se quedó paralizada en el centro de la habitación. La expresión delicada y lastimera se desvaneció de su rostro, sustituida por una máscara oscura y retorcida de puro veneno.
Se acercó al espejo del tocador y se quedó mirando sus pómulos perfectamente definidos y sus labios carnosos. Sabía cómo funcionaba Nueva York. Cada día llegaban chicas guapas en autobuses. Si Kevin se aburría de ella, la echarían de esta lujosa suite y la enviarían directamente de vuelta al piso del Bronx infestado de ratas del que había logrado escapar a duras penas.
«No», siseó Chantelle a su reflejo. Agarró un frasco de loción cara y lo lanzó al suelo. «Nunca volveré».
Se secó las lágrimas falsas de los ojos. Su mirada se endureció hasta rozar la locura.
Necesitaba un ancla permanente: un vínculo biológico que la familia Garrison nunca pudiera romper.
Se precipitó al baño, inmaculado de blanco, y abrió de un tirón el cajón inferior del tocador. Dentro había un pequeño frasco naranja de pastillas sin etiquetar. Su anticonceptivo diario. Lo había estado tomando en secreto porque un embarazo arruinaría sus medidas de pasarela. Pero la pasarela ya no importaba.
Chantelle desenroscó el tapón y vació todo el contenido en la taza del retrete. Accionó con fuerza la palanca de la cisterna y observó cómo las pastillas caían en espiral hacia el remolino y desaparecían. Sus ojos ardían con una fiebre enfermiza y desesperada.
«Voy a tener un heredero de los Garrison», susurró al baño vacío.
Pero conocía el estado de ánimo actual de Kevin. Llevarlo a la cama de forma natural sería imposible. Tenía que eliminar la distracción, destruir cualquier cosa que estuviera desviando su atención de ella.
Volvió al dormitorio y rebuscó en el forro de su bolso de diseño. Sacó un teléfono prepago barato y rayado —una reliquia de sus días más oscuros en los barrios marginales, una línea directa con el mundo del hampa del que había jurado haber escapado para siempre—.
Su pulgar, con las uñas bien cuidadas, marcó un número que se había aprendido de memoria hacía años.
El teléfono sonó cinco veces. Por fin, una voz ronca y violenta respondió por encima del estruendo del heavy metal. «¿Quién es?».
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