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Capítulo 359:
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Cedrick abrió los ojos. Tomó una profunda respiración, expandiendo el pecho, y tomó una decisión que iba en contra de cada instinto depredador de su cuerpo.
Se dio la vuelta y volvió a salir hacia la sala.
Se movió despacio, con los pies descalzos silenciosos sobre la alfombra, y se detuvo a unos pasos de donde Isidora seguía acurrucada en el suelo. La miró desde arriba, sus hombros aún temblando.
«No hay ninguna prometida,» dijo Cedrick.
Su voz era baja y profunda, cortando la quietud de la habitación con absoluta claridad.
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El llanto de Isidora se detuvo al instante. Su cuerpo se puso completamente rígido. Levantó lentamente la cabeza, el rostro cubierto de lágrimas, los ojos rojos e hinchados. Lo miró como si acabara de escucharlo hablar en un idioma extranjero.
«¿Qué?» jadeó Isidora, con voz sacudiéndose de incredulidad.
Cedrick dio un paso más hacia ella, mirándola directamente a los ojos y despojándose de todo pretexto.
«Dije que no tengo ninguna prometida,» declaró Cedrick con firmeza. «Cualquier rumor sobre una Dupont o una Kensington no son más que fabricaciones políticas, manufacturadas por sus familias para ganar ventaja. Jamás los reconocí, y jamás lo haré.»
Tomó el rumor que la había atormentado y lo aplastó hasta convertirlo en polvo.
Isidora lo miraba fijamente. Su mente luchaba por procesar el enorme cambio.
«Tú… me dejaste creer…» susurró, con los ojos abriéndose de par en par.
«No mentí. Simplemente elegí no corregir tu suposición,» respondió Cedrick. Su tono llevaba la arrogancia de siempre, pero sus ojos sostenían una rara y cruda vulnerabilidad.
«¿Para verme sufrir?» preguntó Isidora, con voz elevándose en súbita rabia. «¿Para ver si comprometía mis principios por ti?»
Cedrick no lo negó. Su mirada ardía de oscura intensidad. «¿Y los comprometiste?»
La pregunta la golpeó de lleno en el pecho.
No hay ninguna prometida.
Las palabras resonaron en su mente. La enorme y sofocante cadena de restricción moral que la había contenido se rompió de golpe.
No era la otra. No estaba repitiendo los trágicos errores de su madre.
Todo el feroz y aterrador deseo que había estado reprimiendo durante semanas explotó de una sola vez. La presa se rompió.
Isidora no pensó. No vaciló. Se impulsó desde el suelo y se lanzó hacia adelante, arrojando todo su cuerpo sobre él.
Cedrick la atrapó al instante. Sus brazos se envolvieron alrededor de su cintura, levantándola del suelo y aplastándola contra su pecho.
Isidora le rodeó el cuello con los brazos y presionó sus labios contra los de él: un beso desesperado y hambriento que vertía toda su rabia, su alivio y su añoranza en un solo instante. Sus manos bajaron por su pecho y agarraron las solapas de su camisa negra desabotonada. Jaló con fuerza. Dos botones de obsidiana se desprendieron de la tela, cayeron al suelo y rodaron hacia la alfombra.
Cedrick emitió un sonido gutural y profundo. El último vestigio de su legendario autocontrol se evaporó.
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