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Capítulo 1753:
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Sus palabras despertaron un torrente de recuerdos en su corazón: su primer encuentro, frío y distante; la sinceridad temblorosa en su voz cuando le pidió matrimonio bajo un cielo de fuegos artificiales; la forma en que la había mirado el día de su boda, como si ella fuera todo su mundo. No podía negar que su amor por él había sido genuino, pero el dolor entre ellos era igual de real.
Otro anuncio de embarque resonó en la terminal. Stella echó un vistazo a su billete y exhaló suavemente. «William, por favor, dame tiempo. Necesito distancia para pensar con claridad y encontrar algo de paz». No podía simplemente romper el billete y volver con él como si nada hubiera pasado. Eso no arreglaría nada.
Fuera de las ventanas de cristal, la noche se había instalado, y las luces del aeropuerto brillaban como estrellas dispersas. De pie ante ella, William sintió una pesada impotencia oprimirle el pecho. ¿Estaba realmente a punto de perderla?
Tras un largo silencio, dio un pequeño paso atrás. «¿Cuándo volverás?». No intentó detenerla. Solo pidió una respuesta.
Stella bajó la mirada, reflexionando con cuidado. «En quince días. Aprovechamos ese tiempo para decidir si aún queremos continuar con esta relación, ¿de acuerdo?».
Quizá la distancia les permitiera a ambos volver a respirar.
La sonrisa de William tenía un ligero toque de amargura. ¿Acaso tenía derecho a negarse?
La luz de la mañana brillaba como plata sobre la isla cuando Stella llegó por fin a su destino tras un vuelo de más de diez horas, acompañada por Sharon y Josie.
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De pie en el balcón del resort, apoyó ligeramente las manos en la barandilla y respiró la fresca brisa del océano, dándose cuenta de que hacía mucho tiempo que no se sentía tan en paz. Todo allí parecía estar a años luz de Choria: nada de avenidas abarrotadas que le resultaran familiares, nada de cotilleos asfixiantes de desconocidos, ninguna de esas emociones complicadas de las que no había podido escapar. Solo el infinito mar color zafiro, viajeros de todos los rincones del mundo y tradiciones totalmente nuevas para sus sentidos.
«¡Stella, date prisa y cámbiate de una vez!», gritó Sharon desde el interior de la suite, con la voz rebosante de emoción. «Bajemos a explorar y a comer algo. ¡Mañana podemos pasar todo el día en la playa!«
Josie apareció con una sonrisa radiante, hojeando un folleto de viajes. «Yo tampoco he estado aquí nunca. Al parecer, las atracciones están muy dispersas; probablemente tendremos que alquilar un coche. ¿Lo organizo con antelación?»
Sharon descartó la preocupación con un gesto entusiasta. «Tranquila. Ya lo resolveremos sobre la marcha. Déjame a mí la logística».
Al ver su energía vivaz, Stella sintió que una ligereza desconocida se apoderaba de ella.
Los últimos meses se habían sentido como una tormenta interminable de la que no podía escapar. Muchas noches se había despertado de repente, preguntándose por qué el destino seguía poniéndola a prueba tan implacablemente. ¿Estaba simplemente destinada a la agitación? Aun sabiendo que William no había tenido intención de hacerle daño, seguía sintiéndose atrapada bajo el peso de todo. Por su propia paz —y tal vez por el futuro que aún les esperara— necesitaba esta distancia.
Contemplando a Sharon, a Josie y al vasto océano que se extendía más allá del balcón, Stella se permitió dejar atrás esos pesados recuerdos, aunque solo fuera por un momento.
Asintió con una suave sonrisa. «Dadme unos diez minutos. Estaré lista enseguida».
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