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Capítulo 1595:
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Stella percibió la tensión en su cuerpo, pero siguió adelante con una convicción inquebrantable. «William, no podemos reescribir el pasado, pero el futuro sigue estando en nuestras manos. Piensa en ello como en darnos una oportunidad: déjame quedarme a tu lado. Pase lo que pase, lo afrontaremos juntos».
Tenía la firme convicción de que Jewell y Steven acabarían sacándole información a Arlo y conseguirían el antídoto.
William la miró fijamente a los ojos —ardientes con una intensidad feroz e inquebrantable— y algo le atravesó el pecho. Su respiración se entrecortó hasta detenerse antes de que una ola aún más poderosa de irritación lo embargara.
Los recuerdos implantados de Arlo habían destruido la capacidad de William para distinguir la verdad de la mentira. ¿Estaba la Stella que tenía ante sí tejiendo mentiras, o era un compromiso genuino lo que impulsaba sus palabras sobre quedarse para siempre? No podía desentrañar la verdad, y detestaba esa sensación de que el control se le escapaba de las manos. Su expresión se ensombreció.
Le arrancó la manga con fuerza de su agarre, con voz fría e inflexible. «Mis problemas me pertenecen solo a mí. No eres más que una prisionera a la que arrastré hasta aquí. No me tragaré tus mentiras por segunda vez».
Tras pronunciar esa despedida, volvió a centrar su atención en la pantalla del ordenador, con la firme intención de ignorarla hasta que ella se retirara por su cuenta.
Pero la Stella que ahora tenía ante sí —con los recuerdos recuperados y la determinación reforzada— no era alguien que huyera cuando más se jugaba. No se parecía en nada a la mujer tímida y sumisa de hacía dos años. Al ver a William encerrarse en sí mismo, comprendió con claridad cristalina que solo ella poseía la capacidad de guiarlo a través de esta oscuridad.
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Apoyó ambas manos en su escritorio y se inclinó hacia delante hasta quedar muy cerca de él, clavándole la mirada. «William, necesito que respondas a una pregunta. Solo una. Cuando respondas, me iré».
Una pregunta a cambio de horas de silencio después le pareció a William un trato razonable. Levantó una ceja con escepticismo. «¿Cuál es tu pregunta?».
Stella respiró hondo, parpadeó una vez y soltó las palabras. «¿Sigues… queriendo casarte conmigo?».
El día que Marc y Nina la habían secuestrado se suponía que iba a ser el día de su boda con William. Si la catástrofe no hubiera intervenido, ya serían marido y mujer.
Todo el cuerpo de William se puso rígido. Levantó la mirada hacia ella de golpe, con la incredulidad reflejada en cada rasgo de su rostro. Durante varios latidos, se convenció a sí mismo de que la había oído mal. Después de todo lo que había sucedido entre ellos, ¿de verdad le estaba preguntando si todavía quería casarse con ella?
La conmoción se estrelló contra su mente ya fracturada con una fuerza devastadora, chocando violentamente con los recuerdos implantados de su hipocresía y traición y sumiendo sus pensamientos en un caos vertiginoso. La razón gritaba que aquello era imposible, probablemente solo otra mentira elaborada. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, su corazón temblaba violentamente en respuesta a aquellas pocas y sencillas palabras.
De alguna manera, ella había encontrado la llave de la puerta que él había cerrado con llave y atrancado, y ahora se encontraba dispuesta a abrir el corazón que él había envuelto en pesadas cadenas.
Las huellas de las lágrimas aún brillaban en sus mejillas, pero su mirada permanecía clara e inquebrantable: ni rastro de humor, ni sombra de cálculo, solo sinceridad cruda y sin diluir.
Por fin, su voz regresó, áspera y dañada. «¿Entiendes lo que estás diciendo, Stella? No tientes a la suerte».
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