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Capítulo 94:
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A los ojos de la sociedad, una mujer que hubiera sido agredida por diez hombres quedaría marcada para siempre. Una familia tan prestigiosa como los Becker nunca permitiría que alguien así siguiera formando parte de ella. Aunque Shawn hiciera la vista gorda, su abuelo nunca lo haría. Y una vez que eso ocurriera, ella sería la única mujer que quedaría al lado de Shawn.
Solo de pensarlo, casi se echó a reír. Se sentía como una genio por haber ideado una solución tan perfecta para todos sus problemas.
Rylee llegó por fin a una choza destartalada escondida en medio del campo. Había elegido el lugar precisamente por su aislamiento: pasara lo que pasara allí, pasaría desapercibido.
Alicia ya estaba esperando fuera, con varios arañazos visibles en la cara.
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Rylee parpadeó sorprendida. —¿Qué te ha pasado?
—Nada grave —respondió Alicia, temblando—. Ya está dentro. Parece que está inconsciente.
—Bien. Has cumplido con tu parte. Solo recuerda: hoy aquí no ha pasado nada —dijo Rylee, frunciendo el ceño.
Alicia asintió obedientemente. «Sí, señorita Watson».
«Quédate aquí y vigila. Yo voy a entrar», ordenó Rylee, invadida por una oleada de emoción.
La imagen de Melanie indefensa, a merced de los demás, la llenaba de una satisfacción retorcida.
Empujó la puerta y entró en la cabaña.
El cielo se había oscurecido y el interior de la cabaña estaba sumido en una oscuridad casi total, con una visibilidad prácticamente nula.
Maldiciendo entre dientes, Rylee encendió la linterna de su móvil. Maldijo en silencio a Alicia por su falta de previsión: ¿qué clase de idiota traía a alguien a un lugar sin iluminación? Incluso con la linterna, la habitación seguía estando en penumbra, apenas se veía nada. Un olor a humedad y a rancio flotaba en el aire, revolviéndole el estómago.
Se giró, con la intención de llamar a Alicia para que trajera una luz.
De repente, la puerta se cerró de golpe tras ella con un estruendo ensordecedor.
El ruido repentino la hizo sobresaltarse, y el pánico le oprimió el pecho.
Corrió hacia la puerta y empezó a golpearla con fuerza, gritando: «¡Alicia! ¿Estás ahí?! ¡Abre la puerta!».
No hubo respuesta.
«¡Alicia! ¡Alicia! ¿Me oyes?! ¿Quién está ahí fuera?! ¡Abre!».
Solo el silencio le respondió.
Rylee contuvo el aliento bruscamente, mientras el pánico comenzaba a apoderarse de ella. ¿Qué estaba pasando? Sus pensamientos daban vueltas sin control, sin encontrar respuesta. ¿Se había lastrado Melanie de alguna manera para darle la vuelta a la situación?
El miedo se apoderó de ella por completo y empezó a temblar de la cabeza a los pies.
Entonces oyó pasos.
Por un breve instante, una chispa de esperanza titiló en su pecho.
Pero… no era solo un par de pasos. Había muchos —pesados, arrastrados— que se acercaban desde fuera.
Un escalofrío le recorrió la espalda y se giró lentamente.
La puerta se abrió con un crujido.
Apuntó con la luz de su móvil hacia la entrada y vio varias figuras amenazantes que llenaban el umbral. Una, dos, tres… y más detrás de ellas. Entraron uno tras otro, de hombros anchos y con sonrisas lascivas dibujadas en sus rostros.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Incluso más guapa de lo que esperaba —comentó el hombre que iba delante, frotándose las manos con una sonrisa grosera.
—Más guapa que en la foto, además —sonrió otro, pasándose la lengua por los labios—. Parece que hoy hemos tenido suerte, chicos.
Rylee sintió que le daba vueltas la cabeza y que se le quedaba la mente en blanco.
Reconoció esa voz. Era el hombre al que había contratado.
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