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Capítulo 28:
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Los tres hombres que estaban detrás de él no podían ser más que sus hermanos.
Después de tantos años separados, su familia por fin estaba reunida.
Melanie se sintió invadida por la emoción, mezclada con una repentina oleada de nervios.
—Melanie, ven aquí. Déjame presentártelos —la llamó Vincent.
Ella se acercó.
—Este es tu segundo hermano, Kaden.
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Siguiendo el gesto de Vincent, Melanie miró a un hombre alto con un abrigo negro largo.
Parecía tener unos treinta años, con rasgos marcados, cejas pobladas y unos ojos que reflejaban una inteligencia casi intimidante. Un aura de fría indiferencia lo rodeaba.
Kaden era uno de los cirujanos más célebres del mundo, un genio de la medicina cuyos éxitos casi milagrosos le habían valido el título de «Manos de Dios».
En cuanto vio a Melanie, se quedó inmóvil.
Sus ojos la examinaron con meticulosa atención.
«Tienes bajo peso», dijo en un tono tranquilo y profesional que sonaba más a un diagnóstico médico que a un saludo. «Tienes los pómulos demasiado marcados, lo que sugiere una deficiencia nutricional. Organizaremos un reconocimiento médico completo lo antes posible».
Melanie parpadeó, sorprendida, y luego se le escapó una sonrisa.
Kaden realmente veía el mundo con ojos de médico.
«Hola, Kaden», lo saludó ella en voz baja.
Kaden se limitó a asentir ligeramente, manteniendo una expresión impasible.
Pero Melanie se fijó en que, por un instante, apretó la mano junto al costado.
Parecía estar luchando por contener sus emociones.
«Esto es para ti». Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó una caja envuelta con mucho gusto y se la tendió.
Melanie la abrió. Dentro encontró la llave de un Porsche.
«Es el último modelo del Cayenne», prosiguió Kaden.
«Gracias», respondió ella con sinceridad, conmovida por el gesto.
Al oír sus palabras, la comisura de los labios de Kaden se curvó de forma casi imperceptible.
Antes de que nadie pudiera decir nada más, una voz enérgica resonó a sus espaldas. «¡Melanie! ¡Soy tu tercer hermano!».
Un hombre con un traje color vino entró con paso seguro en la sala. Sus elegantes rizos y sus rasgos llamativos le daban un aire mucho más extravagante que el de Kaden, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
Se trataba de Daniel, su tercer hermano.
Era un diseñador de joyas de renombre internacional cuyas creaciones eran muy codiciadas en toda la industria de la moda.
Daniel se acercó a Melanie y le dio dos vueltas, como si examinara una obra de arte de valor incalculable. «Vincent no exageraba. De verdad te pareces a mamá cuando era joven», declaró, acariciándose la barbilla pensativamente. «Estás un poco delgada, pero eso se soluciona fácilmente. Contrataré a los mejores nutricionistas del país. En poco tiempo estarás más sana que nunca».
Aquella declaración exagerada divirtió a Melanie. «Hola, Daniel».
«Me alegro mucho de conocerte por fin». De repente, Daniel sacó una enorme caja de regalo que había estado ocultando a espaldas. «Vamos, ábrela».
Melanie retiró con cuidado el envoltorio. Dentro había toda una colección de joyas: un collar, unos pendientes, un anillo y un broche.
Cada pieza lucía una luminosa piedra lunar, que combinaba una elegancia atemporal con el arte moderno. La artesanía era impresionante.
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