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Capítulo 195:
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«Shawn, esto es patético. Mi vida privada dejó de ser asunto tuyo hace mucho tiempo. ¿Qué autoridad crees que te queda aún?». Melanie soltó una breve carcajada y lo miró a los ojos, llena de desdén.
Él apretó el pulgar con más fuerza contra la pared.
«Y hay algo más que deberías entender», susurró Melanie, inclinándose hacia él. «El próximo hombre en mi vida será leal».
El comentario le caló como una puñalada.
Shawn contuvo el aliento bruscamente. Levantó la mano libre y le rodeó la nuca con la palma, y su tacto le quemó la piel.
Lentamente, bajó la cabeza hasta que apenas quedó distancia entre ellos.
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Melanie no se apartó.
Simplemente mantuvo su mirada, sin ningún temor.
Shawn tragó saliva con dificultad.
Quería besarla.
La sola idea le escandalizaba incluso a él mismo.
Era el presidente de Auloxia, de pie en un pasillo oscuro durante un acto público, a punto de robarle un beso a una mujer que ya no le pertenecía.
Si alguien presenciaba ese momento, los titulares de mañana podrían derribar todo lo que había construido.
Esa idea le devolvió por fin al sentido común. La mano que tenía en la nuca de Melanie aflojó lentamente el agarre.
Melanie sonrió con frialdad y empujó a Shawn hacia atrás con fuerza.
Esta vez, no se contuvo.
Shawn trastabilló y se estrelló contra la pared.
Sin dedicarle ni una mirada más, Melanie se alisó el escote del vestido y pasó junto a él, con el taconeo de sus zapatos resonando contra el suelo. Cada paso irradiaba una calma absoluta.
Shawn se quedó paralizado, con el puño cerrado a un lado del cuerpo.
Su aroma fresco y cítrico perduraba en el aire, despertando en su pecho una frustración inexplicable.
Pasaron casi dos minutos antes de que Shawn se ajustara el gemelo y se alejara, con una expresión indescifrable.
En la entrada, Rylee esperaba ansiosa, escudriñando los alrededores.
En cuanto se dio la vuelta, vio a Shawn salir del pasillo de servicio. Se había abrochado de nuevo el cuello de la camisa, aunque la irritación aún le ardía en los ojos.
Sonrió rápidamente al acercarse a él. «Shawn, has estado desaparecido una eternidad».
«Sí», respondió él secamente, sin añadir nada más.
Rylee se clavó las uñas en la palma de la mano.
Ya sabía exactamente dónde había estado.
Ese pasillo conducía a los aseos, y Melanie se había dirigido en esa misma dirección un rato antes.
Aun así, Rylee se tragó su amargura y mantuvo una expresión agradable en el rostro.
Daniel estaba recostado contra su coche en el aparcamiento. Con el chal de Melanie colgado de un brazo, esperaba en silencio a que ella regresara.
Melanie se acercó con calma. «Siento haberte hecho esperar, Daniel».
Él le colocó el chal sobre los hombros. «No pasa nada. Deberíamos volver».
«Daniel».
«¿Qué pasa?», preguntó él, mirándola.
Melanie se detuvo un instante antes de descartar el pensamiento. «No importa».
Se deslizó en el asiento del copiloto mientras Daniel rodeaba el coche para situarse al volante. Justo cuando arrancaba el motor, alguien gritó desde detrás de ellos.
«¡Melanie!». Rylee se acercó corriendo, con el estuche de joyería que contenía la colección de piedras preciosas naranjas en la mano. Abrió la tapa de un golpe y la inclinó hacia la ventanilla bajada. «¿Ves? ¿A que son preciosas?».
«Es una pena que dejaras de pujar», dijo ella, con el rostro radiante de emoción. «Estas piezas te habrían quedado perfectas».
Melanie bajó un poco más la ventanilla y echó un vistazo distraído a las gemas.
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